Artículo en La estafeta del viento

 

Aunque aún es pronto y diríase que propio del arte de la cetrería establecer un juicio a propósito de los poetas nacidos desde mediados de los setenta a principios de los ochenta, sí es cierto que empiezan a hacerse comunes ciertas asignaciones que como siempre resultan a la postre reduccionistas, tendenciosas. Pero también hay que admitir que cuando el río suena agua lleva o, mejor dicho, que puede resultar útil conocer lo que se dice de todos para ser capaces de refutarlo o debatirlo para cada uno. Con cierta razón se ha hablado de la conciencia fragmentada de estos poetas y aunque en la voz de Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) ello no vaya asociado a una poesía del fragmento -sino, casi exactamente al revés, a una poesía expansiva de verso y vuelo amplio-, sí es bien tangible una problematización y fragmentación de la realidad convertida en apertura o emboscada de conciencia, en mesetas rotas de espacio y de tiempo. Y es que una de las características que primero llaman la atención de esta Educación física, y libro inaugural del autor, es la transformación que opera sobre una veta lírica más o menos consagrada como es la poesía del deseo. Es muy curioso que aun cuando la palabra cuerpo parece abundar más que en la lírica de Kavafis o Cernuda, a veces casi inconscientemente evocada -Jóvenes del sur, habladme de cómo es la luz / para que cuando llegue pueda ser uno más” (p. 45)-, en este caso lo hace para proponer no sólo una determinada visión del amor, sino, más allá aún, de la propia naturaleza humana, así como para declarar la total deslegitimación de los parámetros espacio temporales.

Nunca en la poesía española la palabra fue menos palabra en el tiempo. Porque parece que no hay nada que reseñar, nada que salvar, que el concepto de tiempo se ha evaporado o volado a la mesa de estudio de un físico, que se ha marchado, igual que se ha marchado el paisaje, dejando para el poema una noción de lo real que atraviesa por pasillos siempre interiorizados y reivindica el cuerpo como lugar, sí, único lugar, frente a la vida, de la que como unidad temporal nada sabemos: “Nuestro proyecto de vida era este instante / y ya pasó” (p. 66). Esto, este vértigo, esta claustrofobia de lugares siempre interiores (alcobas, persiana, suelo, salón, puerta, casa, luces artificiales que en gran medida substituyen o cohabitan con el amanecer) se efectúa dentro de la lógica de un cierto existencialismo, aunque no un existencialismo ortodoxo. Frente a nuestra incapacidad para saber, se reivindica nuestra dignidad, aunque dignidad precaria, como raza,  raza humana: vidas que mantienen su equilibrio en la constancia de otras vidas sin afuera, como si el mero saberse hijo de nuestros padres y en cierta manera también progenitor de ellos, constituyese el único suelo.

No es que se trate una poesía urbana, porque apenas si existe el exterior, apenas si el amanecer es algo que puede verse afuera de una ventana, lejos de ese gloomy stream of conciousness donde los vivos se derraman, más que amarse, sobre otros vivos. Es la caverna humana donde rutilan, sí, el amor y la belleza, pero no tanto como para conseguir imponerse sobre el miedo, sobre la voluntad de poder. A veces parece que estamos cerca de una poesía rayana con lo arcaico, con la fatalidad de los poemas épicos de la antigüedad, aunque, claro, sin épica alguna esta vez: “El amor no se acaba nunca, / lo que acaba es esa forma de quedarse / como si no tuvieras nada más en la vida, / lo que pasa es que hemos sido / nuestros propios profesores y alumnos, / que hemos sido los padres de nuestros padres, / que hemos hecho un trabajo que no era el nuestro / y no podemos más.” (p. 58). O esa maravilla que es el poema “Estaba hecho de tierra y agua” (p. 22), donde la condición del ser ¿puedo decir posmoderno? se retrotrae a las materias de los mitos de la creación, y no precisamente al Popol Vuh, sino a algo aún menos iconoclasta, y también lejano al Dios del Génesis, pues si bien el amor ilumina, lo hace en esa caída, en ese abismo de una existencia, de una durabilidad, quizás de un destino prometido a algo, pero no glorioso, no rilkeano, desde luego: “Mi forma de tocarte te hará caer al suelo / y en el suelo yo estaré esperándote” (p. 71).

No en vano, si he dicho Rilke es porque en la poesía de Pablo Fidalgo cada cuerpo existe en tanto en cuanto es proyectado en otro algo que es casi siempre un cuerpo, alguien; pues parece que para ganar un rostro sólo nos vale el acto de encuentro amoroso, su carácter espectral a veces, su cierto vibrato lleno o radical y desgarradamente vacío de imágenes. Es indudable que la ruptura con la linealidad o la repetición de lugares en donde estamos, casi detenidos, como pinturas rupestres, rubricando el palimpsesto de varias vidas, nos recuerda a recursos propios del cine de un David Lynch, a esa bizarría de elementos inquietantes: “Será bella la luz cuando te abra la puerta / y despertemos” (p. 35) o “Yo me he despertado / en todas las casas de la ciudad, / en todas las habitaciones posibles.” (p. 34).  Sin embargo, estos recursos no redundan aquí en un cierto regusto esteticista como lo harían los fotogramas del genial cineasta norteamericano, ni siquiera se puede identificar una descendencia ni aun indirecta de él, es decir, no se trata de un estilo, no responde, menos aún, a una retórica determinada o por determinar; es que simplemente nuestra realidad hoy, con la introducción de los espacios virtuales, nuestra perversa separación del medio rural y natural, ha convertido lo que vemos en mesetas, nos ha deshilachando y vertido en la casuística de conexiones a priori insospechadas. Y ello tampoco por culpa de un filósofo, tómese el nombre francés que se quiera; acaso ellos lo anunciaron, anunciaron lo que ahora vivimos y es simple e inopinadamente nuestro medio. Y lo que sí está claro es que en La educación física, por más amores y cuerpos en los que nos podamos erguir, este medio es hostil, es enajenante, desemboca en el solipsismo -Mi vida es la única historia de superación / que he comprendido” (p. 24)- o incluso en la sospecha: “Si los actos con los que empecé mi vida / fueron ya una vida / ¿Cómo no voy a ser culpable?” (p. 38).   

Otro lugar que está o que, tal vez, cruza el libro es el del teatro, pero no creo que con la intención de hacer teatro en el teatro y menos todavía con la de redundar en tópicos como el de la vida como sueño. No, seguramente responde a una realidad vital y biográfica, la del propio autor, que a veces se hace remotamente reconocible para acabar cayendo en ese bosque de cuerpos, de naturalezas humanas que tan ineficaz y efímeramente nos recuerdan la capacidad salvadora y sin duda nunca salvífica del amor.

Por último, cabría preguntarse por el lenguaje y la métrica o, tal vez mejor, la deliberada ausencia de metro del libro. Y es muy posible que en este plano, y volviendo al punto inicial, la poesía de Fidalgo no esté lejos de estrategias textuales afines a los de su generación y de una lectura, acaso excesiva o por lo menos muy notable, de poesía traducida, de poesía extranjera. Pero aún así, esa libertad versal y métrica del poema, esa tendencia a la expansividad, aunque pueda originariamente remanecer de cierta dicción anglosajona, declara por las mismas su legitimidad solamente en tanto en cuanto el metro y la eufonía estarían sobrando, incardinarían el lenguaje en una tradición y le darían suelo y patria a los poemas de un cuerpo que se declara rotundamente huérfano. De manera que el deseo de una poesía del deseo se revela finalmente infructuoso y exclama su verdad vertiginosa y triste, la de una humanidad sin referente y, sin embargo, paradójicamente inmersa o propulsada en un movimiento imparable: “Amor, para qué seguir bailando / cuando todas las cosas se han puesto en movimiento” (p. 61).

Juan Andrés García Román

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Presentación de Xosé María Álvarez Cáccamo. 20 de enero 2011. MARCO. Vigo

 

DENSA POÉTICA DE ALTURA

Despois de dez anos do noso primeiro encontro en Vigo, vexo a Pablo Fidalgo xa moi feito como poeta, dono dunha voz madura e dunha intensa e sabia paixón de mocidade. Estrea Pablo madurez co seu primeiro libro, La educación física, afortunado título para un conxunto moi singular de poemas, que a editorial Pre-Textos tivo o acerto de entregarnos en edición de 2010.

La educación física é indagación exhaustiva, obsesiva, arredor da substancia esencial da xuventude, discurso elaborado e trascendido a partir da propia biografía, superada toda tentación documental, lonxe, pois, dos reducidos códigos da poesía da experiencia. Evita tamén o poeta a deriva cara a posicións exaltantes ou apoloxéticas, por máis que a certeza da diferencia promova unha emoción de orgullo que asenta na rebeldía e na militancia orxiástica, tribal (case claustral) e deriva en grande medida da entrega ás causas do teatro independente. Contra o exceso do cohercitivo compromiso vital, declárase a urxencia de atmósferas abertas: “¿Por qué no salimos a la lluvia / y corremos juntos a través de los campos?”.

O relato desta singradura biográfica mostra os procesos da intensidade acumulativa con esforzado ánimo totalizador: “Y me he despertado / en todas las casas de la ciudad, / en todas las habitaciones posibles”. Noutros momentos e en reiterada mostra de matices emocionais e reflexivos, o poeta deseña o perfil interior da experiencia xuvenil como sacrificio iniciático. E, instalado na conciencia da fronteira, entre unha etapa que clausura a vixencia do seu programa e o limiar dunha nova estación, expresa o paradoxo das sensacións contraditorias: nostalxia, asombro, ollada en expectativa de liberación…. Pois non se trata, insisto, de erguer o himno da exaltación senón de tentar comprender as claves dunha existencia –propia e colectiva- vivida no territorio da paixón e da heterodoxia. Pablo Fidalgo elabora en La educación física un sólido discurso moral non dogmático, unha permanente e atrevida procura interrogante.

A vivencia da mocidade como drama en curso de ensaio complementa o seu sentido coa experiencia do oficio teatral ao xeito de fundamentadora aventura de vida. A vida é representación e, asemade, desde a acción colectiva do grupo teatral apréndense os itinerarios da existencia: “El teatro solamente me sirvió / para saber cómo quiero vivir / cuando la juventud acabe, / para saber exactamente cómo quiero ser amado / cuando despierte”. Saír á luz do día, espertar da clausura da noite significa superar o fracaso en que consiste o acto de durmir. Este enigma do sentido de La educación física (libro onde abondan as suxestións sen clarificar, as aberturas polisémicas) exprésase nun poema maxistral, desacougante enumeración inquisitiva, que comeza así: “Porque siempre llegamos a la noche / desde días distintos… “

Significados do ámbito do enigma ou símbolos de uso universal son instrumentos propios dunha concepción do poema como porta aos rumbos do coñecemento revelador, da visión. La educación física, máis que o testemuño dun fragmento de vida, representa a tentativa de interpretación do mundo através do poema, na mellor tradición do simbolismo de todos os tempos e non só na máis recente da poesía francesa de finais do século XIX.

O que máis sorprende e seduce entre os logros deste libro, deste poeta, é o inusual equilibrio entre os sobrios rexistros da voz e a capacidade de suxestión polisémica. A partir dun conxunto discreto de motivos temáticos teimosamente reiterados e co uso dunha linguaxe substancial, de estilo nominal, sen recurso á imaxe sensitiva nin procura de brillos de sorpresa, Pablo Fidalgo consegue engaiolarnos, atraparnos no interior dun relato aberto, denso e desacougante. Relato sen anécdota, panorama sen planos de detalle, discurso de aparencia denotativa, a clave do estilo e da ollada poética de La educación física reside na aposta pola esencialidade expresiva ao servizo dunha tonalidade interrogativa e dialogante e da indagación inconforme nos estratos profundos da propia vivencia de mozo que se recoñece ubicado no linde final da estación xuvenil. Ingresa agora Pablo nos dominios da segunda mocidade e faino acompañado, auxiliado, por un manual de pensamento forte, por unha Poética de altura que conforma algo máis sólido que os alicerces dunha obra con evidente proxecto de futuro.

Mary Oliver

 
Los usos del dolor
(Mientras dormía, soñé este poema)
 
Alguien a quien una vez amé
me dio una caja llena de oscuridad.
  
Me llevó años comprender
que la caja también era un regalo.
 
 
 
Versión de Alicia Quintana y Pablo Fidalgo
 
 
   
 

Li Quingzhao

 
La flor de la magnolia
 
 a aquel
       que vendía ramos de flores
                en un balancín 
 
le compré una flor 
        a punto de estallar de primavera
 
 mojada toda ella de lágrimas iguales
 
      gotas de rocío reflejan
 las nubes rosáceas del alba
 
       temo que mi esposo piense
que mi rostro no es tan bello como ella
  
pero me la pongo oblicua
             y hermosa en el pelo
  
y que así, de un vistazo,
          
                     nos compare
 
  
 
Poesía completa. Ediciones del oriente y del mediterráneo
Traducción de Pilar González España

Inédito

 
No quarto da Vanda. Fragmento
 
Me miras y dices: por fin un hombre
que piensa en la salvación.
Me miras y dices: por fin un hombre que piensa
en cómo se amarán los enfermos,
en qué desearán los niños en el hospital.
Un hombre que piensa qué hacer
para que la curación sea inmediata.
 
Me pides que te quite la vida
y que te coloque en la postura
en la que deseo verte morir.
Me queda tu herencia: la lentitud, la dificultad. 
El deseo de tocar a quien se destruye
es tan fuerte como el de destruirse
y de una mujer que desea morir
nace siempre un nuevo hombre.
 
 
Publicado el 11/02/2011 en El Cultural

Daniel Faria

 
 
Hombres que son como lugares mal situados
Hombres que son como casas saqueadas
Que son como sitios fuera de los mapas
Como piedras arrancadas al suelo
Como niños huérfanos
Hombres inquietos sin brújula en la que reposar
 
Hombres que son como fronteras invadidas
Que son como caminos cortados
Hombres que quieren pasar por los atajos cegados
Hombres sulfatados por todos los destinos
Desempleados de sus vidas
 
Hombres que son como la negación de las estrategias
Que son como las guaridas de los contrabandistas
Hombres encarcelados clavándose cuchillos
 
Hombres que son como daños irreparables
Hombres que son supervivientes vivos
Hombres que son sitios desviados
Del lugar
 

****

Sé que el hombre lavaba sus cabellos como si fuesen largos
Porque tenía una mujer en el pensamiento
Sé que los lavaba como si los contase
 
Sé que los aclaraba con la luz de la mujer
Con sus ojos muy claros vueltos hacia dentro
Del amor, durante el poderoso trabajo
Del amor
 
Sé que se cortaba los cabellos para buscarla
Sé que la mujer iba perdiendo sus vestidos cortados
 
Era un hombre imaginado en el corazón de la mujer que lavaba
El cabello en su sangre
En el agua corriente
 
Era un hombre inclinado como el pescador en la orilla para oír
Y la mujer cantaba para que el hombre respirase
   
****
 
Las mujeres aspiran la casa desde los pulmones
Y muchas se transforman en árboles llenos de nidos -digo,
Las mujeres – aunque las casas tienen los tejados inclinados
Por el peso de los pájaros que en ellos se abrigan
 
Es en la ventana de los hijos donde las mujeres respiran
Sentadas en los escalones miran para ellos y muchas
Se transforman en escaleras
 
Muchas mujeres se transforman en paisajes
En árboles llenos de niños que trepan y se cuelgan
En las ramas – en el cuello de las madres – aunque los árboles resplandezcan
Llenos de brotes
 
Las mujeres aspiran hacia dentro
Y crean continuamente. Se transforman en arboledas.
Ellas cuidan la casa.
Ellas ponen la mesa
Alrededor del corazón
 
 
 
 Tres poemas del libro Hombres que son como lugares mal situados
 Traducción del portugués de Pablo Fidalgo
  

 

Artículo en la revista Koult

 

LE JEUNE HOMME ET LA MORT

 

Pablo Fidalgo Lareo en su primer libro de poemas La educación física (Pre-Textos, 2010) habla de lo que ha amado, de lo que ha vivido, en lo que ha creído y por lo que ha peleado. Guy Debord escribe en Panegírico: “Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esa luz, se mostrará y se comprenderá”. Y sigue diciendo: Si esto ha salido bien se debe a que nunca he acudido en busca de nadie, a ningún lugar. Mi propio entorno lo han compuesto aquellos que se han acercado por sí mismos y han sabido hacerse aceptar. Desconozco si algún otro se ha atrevido a comportarse en esta época como yo lo he hecho”. 

Pablo Fidalgo toma la palabra en este poema continuo de 88 páginas para que podamos leer y saber que existen todavía vidas plenas fuera de la ley. Da cuenta de sí mismo y de una forma de vida “que sólo tenía que ver con la mirada, /con ser extraños y esperar” en un escenario silencioso hecho de luz, dolor, deseo y pensamiento. En el libro no se prevé que el lector pueda quedarse fuera, el autor no concibe que en su poesía no podamos encontrar, si lo deseamos, un lugar para pensar nuestra propia vida. Lo primero que nos da para pensar son sus palabras. Su lenguaje es claro, construye los poemas de manera firme, sin concesiones de estilo, sin adjetivos, no medita, va directo hacia el programa poético que se ha marcado. Si leemos este libro como un largo poema entenderemos más su naturaleza que está entre la letanía y el Libro Rojo. Hay un reducido número de palabras que va repitiendo: Cuerpo, belleza, juventud, vida, tu vida, mi vida, nuestra vida, amor, amar, amo, debo, deber, luz, día, noche, verdad, dormir, tocar, extraño, distinto, movimiento, prueba, frágil, deseo. La repetición de las palabras es una manera de moverse, de crear el ritmo, pero también una manera de educarse. Si se repiten es porque están grabadas en la mente. No están en el poema porque sean bellas sino porque son armas, son las palabras más sencillas y más difíciles; posiblemente ha defendido su vida con ellas y por eso son a partir de este libro su única herencia.

El deseo de un hombre puede crear una comunidad. Si lo que plantea este libro es que la herencia sólo puede ser el resultado de un trabajo de años con la palabra es porque la palabra ha creado una comunidad de cuerpos, una forma de vivir el deseo. Pablo siente que su deseo mueve el deseo de los otros y mueve también los vínculos entre ellos. Ha comprendido que el deseo es una fuerza que transforma la realidad, que todas las imágenes que un hombre tiene del mundo, del amor, de la infancia, de la juventud deben cambiar con él. Por eso en La educación física el deseo es el centro del poema, es su deseo el que da forma a una comunidad inédita, ambigua, hecha de rostros de mujeres y de hombres, de cuerpos enfermos y bellos. Los cuerpos de esta comunidad son gestos, heridas, mentes, sin distinción, vengan de dónde vengan quedan comprometidos a través de la memoria y la palabra. La educación sentimental a la que Pablo se somete consiste en comprender que el otro es la suma, el resultado de todos los otros, que el amor es una operación de todos los cuerpos y de todos los amores. (“Amé tu cuerpo enfermo /pensando ya en el siguiente”; “Nuestros cuerpos no se entienden /pero ya vendrán otros que se entiendan /y nos recojan”).

Hay una propuesta común entre La educación física y El inventor del amor de Ghérasim Luca. Ninguno de los dos pretende haber descubierto el amor, lo que proponen se trata más bien de la insistente reinvención del deseo. Lo que desencadena el deseo no es sólo la realización individual sino que es también la actualización de la revolución. Ninguno de los dos propone el deseo por el deseo. Luca hace estallar el objeto deseado por una razón mayor, la de convocar a “una mujer no nacida”. Por su parte, Pablo Fidalgo no deja de preguntarse cuántos somos, cuántos vamos a ser, cuántos van a venir a este amor, está estallando los límites, convocando “una comunidad no nacida”. Ghérasim Luca escribe y yo creo que Pablo lo firmaría también que: “Esos cuerpos de mujer que yo mismo dinamito /fragmento y mutilo /debido a mi monstruosa sed /de un monstruoso amor /tienen por fin la libertad de buscar /y de encontrar fuera de sí /lo maravilloso del fondo de su ser /y nada me hará creer /que el amor pueda ser otra cosa /que una entrada mortal /en lo maravilloso /en los peligros lascivos /en sus afrodisíacos subterráneos /caóticos /donde lo nunca encontrado y lo nunca visto /tiene el carácter habitual /de una sorpresa incesante”.

En La educación física es evidente que hay un discurso elaborado sobre la juventud y el amor pero el poema no se detiene ahí sino que continúa hacia algo innombrable que late sin parar: la presencia de la infancia y la muerte. No abundan las referencias claras pero las que están dirigen el poema, lo orientan. Lo que me permite hablar de estos dos extremos es pensar el poema como el mapa de una gran casa. En la primera habitación, la “fría habitación del hijo único”, es donde está el principio y el final de su vida, el hijo, el norte y la madre. Cuando Pablo vuelve a esta habitación lo hace consciente de que, cuanto más se acerca el final de su juventud, es allí donde encuentra su diferencia. Se recuerda a sí mismo: “Siempre continué nuestro proyecto /de ser el niño más bello y más herido /y seguí tocando donde no debía /y no dejé pasar ni una sola oportunidad”. Es la diferencia la que le define y le permite seguir, exponerse de nuevo a la verdad: “Si hablo de mi infancia /¿Dirán que no es verdad? ¿Me pedirán que la demuestre? /Dirán que un hombre con una infancia como la mía /no debería haber tocado tantas cosas /y es verdad”. En estos versos la infancia nunca es un lugar perdido ni tampoco una idealización sino que es un contrato. Vuelve a la primera habitación para recordar el trato que hizo con la vida. Cuando habla de infancia, habla de padres, de educación, él es el hijo que comprendió pronto lo que pasaba en su casa y quién eran sus padres, qué les pasó cuando él nació y qué les siguió pasando después. Ese es el trato. Lo que supo entonces explicar de ellos debe seguir explicándolo ahora con los que vengan.

La muerte es la luz, no tiene ningún lugar asignado en esta casa y está por todas partes. (“Que este no es mi sitio /que quiero ir a la luz”). Aquí en este verso, la luz es un sentido interior, es algo que reconoce como propio, una llamada hacia el lugar que le corresponde. En un momento raro del libro señala ese lugar, señala hacia el Sur y habla a los que lo habitan: “Jóvenes del sur, habladme de cómo es la luz /para que cuando llegue pueda ser uno más”. El Sur es el deseo de ser como los otros, supone el sacrificio de su diferencia que será el encuentro con esa “comunidad no nacida”. La infancia le devuelve su diferencia y el Sur la borra.

La luz es también una condición, una manera de poner a prueba quién eres. Los jóvenes de Pablo pasan su juventud con las luces apagadas esperando que la oscuridad les revele cuál es su deber. (“Es necesario permanecer toda la juventud /con las luces apagadas”). La muerte y esta juventud creada por Pablo definen una manera de estar en el mundo como si el mundo dependiera de nuestra forma de vivir, de un gesto, de una palabra bien dicha, como si el mundo se acabara cada día al despertar  (“será bella luz cuando te abra la puerta /y despertemos”). La muerte, la imagen de la muerte, de la pérdida, del final de un cuerpo, de una relación y de una vida. Eso es lo que Pablo Fidalgo ensaya en sus versos. Hace que el tiempo, que el paso del día a la noche, que los cambios de luz le arrebaten todo lo que tiene. Ensaya el final de todo lo que ama.

De Norte a Sur, de la habitación de la infancia a la habitación de la luz de esta gran casa sólo existe un camino de desnudez, espera y perdón. Si el primer poema inaugura el libro con la imagen de una cola de miles de jóvenes que están esperando su cita con el mar, que están deseando un rato de silencio, un momento para lanzar su cuerpo al agua y decir la verdad y en esa imagen de multitud y de silencio ya hay fe y hay deseo. Poco a poco el mar ante el que se encontraban tantos jóvenes se transforma para ser en el último poema una habitación. La habitación de las mujeres locas, el origen de todos los pecados. El que queda en esa última habitación es un hombre solo que pide perdón, un hombre que ya no necesita ser salvado por el mar o por las luces de la carretera. Le basta una habitación para dar a luz un nuevo hombre, para pensar en el hijo futuro. “Aquí /en la habitación, el dormitorio. Diciendo Fui valiente, resistí, /me prendí fuego” Estos versos pertenecen al libro Las siete edades de Louise Glück que acaba de publicar Pre-Textos. Los cito porque este libro y el de Pablo Fidalgo están increíblemente hermanados, la estructura de los poemas, de algunos poemas, es muy parecida, el aliento a veces suena igual. Además estos versos me parece que exponen la idea de que tenemos que elegir una vida, un lugar desde el que hablar y una habitación puede ser ese lugar. Creo que tanto en Pablo Fidalgo como en estos versos de Glück, la habitación es un lugar fuera de lugar, es un espacio abierto de pensamiento y resistencia.

La educación física duele. Duele la batalla desesperada con las palabras y ese es el dolor que sostiene y eleva su obra. La vida y la literatura están persiguiéndose una a otra en cada verso. (“Ya sabía antes de empezar cuánto dolor causan las palabras bien dichas”). Y no se sabe cuánto tiempo durará la batalla (“¿Durante cuánto tiempo serás /aceptado en el mundo?”). Sabemos que la literatura a veces nos hace más bellos, a veces nos libera, nos da un lugar, inventa cosas sobre nosotros y por eso la amamos. Pero la literatura nos condena a una historia, incluso a una belleza, a una manera de sentir y de movernos. Pablo sabe que nadie puede decirle que miente. Ni tampoco que dice toda la verdad. Edouard Levé en Autorretrato dijo: “todo lo que escribo es verdad, pero ¿qué más da?” Pues eso, ¿qué más da si el mundo no te acepta? Pablo no quiso dialogar con la realidad, sino dialogar con todas las cosas reales imposibles de comprender. (“Quisiste que la noche siguiera /allí donde no podías explicarla /ni explicarte”).

Lo que se confiesa es el misterio, lo que nos avergüenza. Pablo confiesa que no conoce si no toca, si no se ensucia, si no nos grita. En cada poema desea con desesperación seguir tocando lo que nunca ha conseguido ver. Esa es la invención. Que la imagen del hijo, del amor, de la piedad se rompan contra la vida. Esa es la educación. Cada vez que avanzamos el camino oscuro del libro vamos dejando más cosas atrás, nos van sobrando. Un hombre es lo que ha visto y lo que ha tocado. Es necesario ver porque ver nos da la imagen pero tocar la destruye. Ese es el movimiento. La escritura de Pablo ve y toca con profundidad todo lo que puede y de esta manera transforma el mundo y transforma su pensamiento. Esa es la ética. Hablar de cuerpos que no descansan, que trabajan fuera de la ley, fuera de lo que programa cada siglo, seres que no dejan de preguntarse: ¿Dónde está la revolución?

La historia de vida que se refleja en este primer libro es una historia obsesiva y fatal que hace que la literatura necesite un comportamiento cercano a lo enfermizo, a lo adolescente y a lo patético para acercarse a ella, para acercarse a su  propia naturaleza. En las tres últimas páginas declara la gran fractura, la desconfianza en las palabras (“las palabras no son el mejor lugar /para defender todo lo que has hecho”) y el poema revienta. Porque llega el final de la juventud, porque aparece algo: la unión con la “enferma”, el único cuerpo que es toda la belleza y la piedad, que es la bandera, el bastión, la persistencia, el milagro. (“No hay palabras /para nombrar nuestra unión en esta época, /pero hay actos que distinguen una vida, /que la nombran y la encajan”). Porque su acto final en esta educación es confesar que mientras la mente se resistía el cuerpo ya estaba diciendo la verdad; nosotros comprendemos que ningún acto dice su última palabra pero que en cualquiera de ellos debemos arriesgar la vida.

¿Oís al leerlo lo mismo que yo?

Mi tierra es esta. Estos cuerpos, estas palabras, esta forma de amar. Esta distorsión. Esta claridad. Mi tierra también está en vuestras mentes, abridlas.

Colectivo G.Piqué