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Presentación de Xosé María Álvarez Cáccamo. 20 de enero 2011. MARCO. Vigo

 

DENSA POÉTICA DE ALTURA

Despois de dez anos do noso primeiro encontro en Vigo, vexo a Pablo Fidalgo xa moi feito como poeta, dono dunha voz madura e dunha intensa e sabia paixón de mocidade. Estrea Pablo madurez co seu primeiro libro, La educación física, afortunado título para un conxunto moi singular de poemas, que a editorial Pre-Textos tivo o acerto de entregarnos en edición de 2010.

La educación física é indagación exhaustiva, obsesiva, arredor da substancia esencial da xuventude, discurso elaborado e trascendido a partir da propia biografía, superada toda tentación documental, lonxe, pois, dos reducidos códigos da poesía da experiencia. Evita tamén o poeta a deriva cara a posicións exaltantes ou apoloxéticas, por máis que a certeza da diferencia promova unha emoción de orgullo que asenta na rebeldía e na militancia orxiástica, tribal (case claustral) e deriva en grande medida da entrega ás causas do teatro independente. Contra o exceso do cohercitivo compromiso vital, declárase a urxencia de atmósferas abertas: “¿Por qué no salimos a la lluvia / y corremos juntos a través de los campos?”.

O relato desta singradura biográfica mostra os procesos da intensidade acumulativa con esforzado ánimo totalizador: “Y me he despertado / en todas las casas de la ciudad, / en todas las habitaciones posibles”. Noutros momentos e en reiterada mostra de matices emocionais e reflexivos, o poeta deseña o perfil interior da experiencia xuvenil como sacrificio iniciático. E, instalado na conciencia da fronteira, entre unha etapa que clausura a vixencia do seu programa e o limiar dunha nova estación, expresa o paradoxo das sensacións contraditorias: nostalxia, asombro, ollada en expectativa de liberación…. Pois non se trata, insisto, de erguer o himno da exaltación senón de tentar comprender as claves dunha existencia –propia e colectiva- vivida no territorio da paixón e da heterodoxia. Pablo Fidalgo elabora en La educación física un sólido discurso moral non dogmático, unha permanente e atrevida procura interrogante.

A vivencia da mocidade como drama en curso de ensaio complementa o seu sentido coa experiencia do oficio teatral ao xeito de fundamentadora aventura de vida. A vida é representación e, asemade, desde a acción colectiva do grupo teatral apréndense os itinerarios da existencia: “El teatro solamente me sirvió / para saber cómo quiero vivir / cuando la juventud acabe, / para saber exactamente cómo quiero ser amado / cuando despierte”. Saír á luz do día, espertar da clausura da noite significa superar o fracaso en que consiste o acto de durmir. Este enigma do sentido de La educación física (libro onde abondan as suxestións sen clarificar, as aberturas polisémicas) exprésase nun poema maxistral, desacougante enumeración inquisitiva, que comeza así: “Porque siempre llegamos a la noche / desde días distintos… “

Significados do ámbito do enigma ou símbolos de uso universal son instrumentos propios dunha concepción do poema como porta aos rumbos do coñecemento revelador, da visión. La educación física, máis que o testemuño dun fragmento de vida, representa a tentativa de interpretación do mundo através do poema, na mellor tradición do simbolismo de todos os tempos e non só na máis recente da poesía francesa de finais do século XIX.

O que máis sorprende e seduce entre os logros deste libro, deste poeta, é o inusual equilibrio entre os sobrios rexistros da voz e a capacidade de suxestión polisémica. A partir dun conxunto discreto de motivos temáticos teimosamente reiterados e co uso dunha linguaxe substancial, de estilo nominal, sen recurso á imaxe sensitiva nin procura de brillos de sorpresa, Pablo Fidalgo consegue engaiolarnos, atraparnos no interior dun relato aberto, denso e desacougante. Relato sen anécdota, panorama sen planos de detalle, discurso de aparencia denotativa, a clave do estilo e da ollada poética de La educación física reside na aposta pola esencialidade expresiva ao servizo dunha tonalidade interrogativa e dialogante e da indagación inconforme nos estratos profundos da propia vivencia de mozo que se recoñece ubicado no linde final da estación xuvenil. Ingresa agora Pablo nos dominios da segunda mocidade e faino acompañado, auxiliado, por un manual de pensamento forte, por unha Poética de altura que conforma algo máis sólido que os alicerces dunha obra con evidente proxecto de futuro.

Presentación de Alberto Ruíz de Samaniego. 21 de enero 2011. Fundación Seoane. A Coruña.

 

La educación física de Pablo Fidalgo es, ciertamente, algo muy físico, y la presencia del cuerpo como algo casi sagrado así lo revela, en este libro. El cuerpo – incluso más el cuerpo propio que el ajeno-  como una manifestación o una revelación que hay que asumir y – nunca mejor dicho- metabolizar y tratar, investigar, sorprender, cuidar: curar, como se dice de un curador de exposiciones, justamente; porque esos materiales – que vienen como de otro mundo, que son oscuros e inéditos, incógnitos en su presencia solar y juvenil- son muy valiosos y frágiles (“nos elegimos como la más frágil / entre todas las cosas frágiles”); son trascendentes en su radical y terca inmanencia: son, en definitiva, sagrados, algo sagrado. Pero esta corporalidad, esta dimensión tan física de uno o de la vida, requiere, también, una pedagogía; la procura e incluso la exige o, aun mejor: promueve una pedagogía, construye o constituye para cada uno una forma de crecimiento y una poderosísima educación, y digo esta palabra incluso en su sentido etimológico: e-ducare como una forma de conducirse uno, de dirigir uno su destino. También, cómo no, pensamos en esta fuerte presencia de la corporalidad humana como un extraordinario material pedagógico, en particular del sexo como transmisor de experiencias. Pienso que aquí se habla, en este sentido, generacionalmente, de ahí la necesidad, la exigencia – aun más- de usar nombres distintos a los de los padres- o aún más preciso: aquí se habla comunitariamente: se habla de la posibilidad efectiva de fundir – problemáticamente- erotismo y amistad. Pues el cuerpo es siempre, y antes que nada, un lugar, que se llena o se vacía, que se habita o abandona. Cuerpo, por tanto, como lugar – lugar para trabajar y educarse al mismo tiempo: esto es, precisamente, lo que hace el tiempo de una generación, compartir estos actos y estos cuerpos-; cuerpo, en fin, como espacio colectivo: comunidad, comunidad de los cuerpos (Pasolini hubiera dicho en este momento: comunismo de los cuerpos). Comunidad que exige su momento, su kairós, su instante para entrar y para marchar. Por tanto, además: la hierosemia del cuerpo – esa enigmática manifestación de la palabra que él promueve y alimenta- ha de volverse, también, para bien y para mal, erosemia: carne del lenguaje: oscura erofanía que no plantea más que interrogantes y caminos sin respuesta:“yo conseguí ver cuerpos / donde los demás veían soluciones”.

            En este sentido, creo que La educación física funciona un poco al modo de los antiguos ejercicios espirituales que practicaban los pensadores clásicos, y que tanto interesaron, por ejemplo, a María Zambrano, y hoy en día a Pierre Hadot. Cada poema establece una situación comunicativa iremplazable, única, singular y radical del autor consigo mismo, que ahora se confiesa o se explica ante sí mismo en función de un tiempo y una circunstancia realmente inmediata, inexcusable: viene con uno, es uno y él mismo y, en cierta manera, también otro, otra cosa, tal vez la carne, la gloria fasta o nefasta de la carne. Se observa, en este sentido, la urgencia, el requerimiento verdaderamente despiadado, premioso, por consumir la vida del joven poeta. Y el escándalo que es una vida, la de todos, claro, que se pierde, que se va perdiendo en el intento. Escándalo de una intimidad que desea, al modo de los viejos pensadores clásicos, mantenerse en su kairós, en su instante perfecto, ese momento de belleza que es el único que merece la pena detener, en su punto milagroso de culminación; y no lo logra, como todos. “Todo lo que resplandece en un instante quiere algo de ti” – escribe Pablo- , y al modo del famoso poema rilkeano que contempla la perfección prometida y arruinada de un torso griego, se convierte en una exigencia brutal de transformación de uno mismo, una metanoia, diríamos, que arrasa y quema: “tu vida tiene que cambiar ahora”, donde me interesa especialmente esa premura – tan infantil, tan adolescente, tan urgente- del ahora. Porque no se espera nada más, o nada menos, que un cuerpo, un cuerpo siempre “difícil de acabar”, en la medida en que uno parece siempre estar hecho “demasiado deprisa”.

            “Cuando se darán cuenta / de todas las cosas que tienes que hacer y que no pueden esperar?” Todo es urgencia, efectivamente, en el yo poético de La educación física, como si no hubiese tiempo que apurar, como si faltase el aliento. “Si tu amor es ir paso a paso / es que nunca has dado un paso”.  Hay algo apocalíptico – casi podríamos decir darwiniano- en esta conminación a la muda, o a pasar al acto, en ser la última generación, la última comunidad de los elegidos y escandalizados que habrán por ello de cambiar la naturaleza humana. Huellas de la rebeldía, el desprecio y la impaciencia de Rimbaud, el niño exigente y bello: “siempre continué nuestro proyecto / de ser el niño más bello y más herido, / y seguí tocando donde no debía / y no dejé pasar ni una sola oportunidad”. La juventud es una carrera, que va dejando sus cuerpos muertos, sus arruinados: “en el juego de nuestra juventud / el que antes se duerme / lo pierde todo”. Pero, a pesar de todo, unos alcanzan esa plenitud soñada y trabajada, en medio de la precariedad y la prisa: “Unos tienen un solo día para encontrar la belleza / y la encuentran”. Tal vez estos no necesiten la escritura, no tengan por qué estar volcados en la poesía. Ese trabajo de los desesperados, el aprendizaje de la impiedad para con uno mismo. La vida.

            Hay un poema famoso de Pasolini, alguien que, estimo, se halla cerca del territorio poético de Pablo, que se titula Una disperata vitalità. Esta podría ser la cifra para entender estos poemas; pero, eso sí, entendiendo la frase al mismo tiempo como vitalidad desesperada y como vitalidad sin espera. Vitalidad desesperada; vitalidad sin espera de los destinados – como todos- a amar, o a no amar. Pablo la revela con una intensidad, con una precisión, también, y una lucidez que la vuelven ejemplar, yo diría que desde el punto de vista generacional: ejemplar en el modo de una juventud presente, unos que pasan, hacen sus gestos o sus posturas y se van, como en el teatro. “El teatro solamente me sirvió / para saber cómo quiero vivir /  cuando la juventud acabe,  / para saber exactamente cómo quiero ser amado / cuando despierte”. El teatro como ideal regulativo. El teatro, él también, es una preparación, un ejercicio del cuerpo y el espíritu: una pedagogía

            María Zambrano llamaba a la confesión “palabra a viva voz”. La confesión – continúa- “es salida de sí en huida. Y el que sale de sí lo hace por no aceptar lo que es, la vida tal y como se le ha dado, el que se ha encontrado que es y que no acepta. Amarga dualidad entre algo que en nosotros mira y decide, y otro, otro que llevando nuestro nombre es sentido extraño y enemigo”.  En medio de todo este proceso – de aprendizaje, duro, cruel proceso pedagógico- , que es un proceso – como quien dice- judicial al yo y a todos nosotros, desde la inocencia cruel e impía de la juventud- , también, no cabe ninguna consolación. Nada de piedad. Ningún tipo de esa complacencia que, por ejemplo, exige la ficción; tal vez el teatro ocupe este lugar de un doble consolatorio. El teatro – qué extraño, pero qué hermoso- como una salida del sueño doloroso de la juventud. Una entrada o una preparación para la vida real.

            Hablamos de confesión, y podemos mentar, también, lo doloroso, porque, al tiempo que solar y maravillado, cada poema constituye una elaboración – a menudo turbia, acaso por veces terrible- de la experiencia personal: una temporada – ¿en el cielo o en el infierno?- o un lugar por donde gravitan el desgarro, la escisión, la enfermedad, el extrañamiento y hasta la culpa. Porque el cuerpo es, efectivamente, un lugar, pero un lugar que, como decía Spinoza, nadie sabe lo que realmente puede. Porque como tal lugar está antes, o por encima, o por debajo, del espíritu y de la razón. “Nuestros cuerpos soportan la fragilidad / que la mente no puede soportar”. Así pues, nadie sabe lo que puede un cuerpo: “nadie puede saber desde la calle / hasta dónde podemos llegar”. Tan sólo podemos saber, acaso, por medio de la destrucción de cada cuerpo mismo. Porque la destrucción es discursiva, o todavía más y peor: es elocuente. Sumamente elocuente. Hay en este libro una dicotomía y una compenetración, también, de fondo entre vivir y hablar, o entre des-vivir(se) y hablar, entre la carne y la palabra, el tacto y la voz. En cierto modo, la palabra es engañosa, frente a la apocaliptica seguridad del cuerpo.

            La destrucción, en fin, es el kairós: “Nuestro proyecto de vida era este instante / y ya pasó”. He ahí el aprendizaje.

            Por eso, tal vez, en los poemas finales del libro, asomen, extrañas, innominadas, incógnitas fantasmales, las figuras del hijo. Hijos del hijo que, ahora ya, ahora sí, ha dejado de serlo.

Presentación de Antonio Méndez Rubio. 3 de enero 2011. Librería Primado. Valencia.

 

Lo primero que tengo que hacer es felicitar a Pablo Fidalgo por presentar un libro de poesía en los tiempos que corren, en un desierto como este. Alguien podría decir, pero un desierto por qué, se publican muchos libros de poesía. Y ahí tendríamos que entrar en si lo que se publica es poesía o no y eso creo que no es el momento. Felicitarle también por la editorial, es lo primero que le dije, felicidades por publicar con la editorial Pretextos, a todas luces se ve por qué (se refiere a la intervención de Manuel Ramírez sobre el libro). Y en último lugar me felicito a mí y nos felicito a todos porque creo que es un libro de poesía potente. A mí me enganchó en cuanto lo leí, a pesar de que uno siempre tiene sus fijaciones, y de ahí que exista una cierta distancia entre las apuestas que hago yo y las apuestas que hace Pablo, pero eso me parece sano. Lo que sí me pareció es que el libro tenía como un imán, un imán dentro y eso para ser un primer libro es raro, no es lo más normal. Para explicarlo un poco el gancho del libro, para mí, es que desde el principio estaba explotando al máximo, no sé si consciente o inconscientemente, eso creo que tampoco importa mucho, el cruce entre lo personal y lo social. También se podría decir aunque suene un poco incómodo, el cruce entre lo poético y lo político. Por ejemplo, el tema de la juventud es más que un tema, es como un lugar de conflicto, un lugar de desarreglo, de malestar, es un lugar de tensión. Porque en el libro consigue hablar de una forma tan abierta que no es simplemente un tema o un objeto o una referencia sino que como he dicho consigue ponernos en situación, o ponernos en un escenario. No sé si tiene que ver con su trabajo, con el teatro. El poema te hace entrar en un espacio y en ese espacio hay una turbiedad, una tensión que se la juega a ese cruce entre lo personal, lo impersonal, lo colectivo, lo social. Eso me parece también que no es frecuente y hay que subrayarlo.

El libro empieza a funcionar con el título. Es obvio, es un título del que no te puedes olvidar, es como un umbral a través del cual accedes al libro, y está todo el rato resonando, es una especie de pregnancia de lo físico. Se dice pronto, lo físico. El cuerpo parece un tema más pero ya lo he dicho, lo peligroso, lo difícil de la apuesta de Pablo es que lo físico no es un tema solo, sino que es un  espacio, un lugar desde el que se vive y se respira el mundo. Y no me parece fácil, lo fácil es por ejemplo la poesía erótica que habla del cuerpo. Pero una cosa es hablar del cuerpo y otra hablar desde el cuerpo, ese paso se da pocas veces. Me parece que Pablo ha dado un salto al vacío y se la ha jugado y aquí está, parece que ha salido vivo.

“La educación física” tiene un toque para mí siniestro. La educación física. Cuando se está hablando de la quiebra del sujeto, la quiebra de la sociedad, de la quiebra de una época, de una generación, pues la educación física parece que empiece sonando bien. La educación parece que todos queramos tenerla o la hemos tenido pero cuando ya hace el giro de educación física entramos como en un espacio disciplinario, de regulación del comportamiento, de normalización y estandarización del propio cuerpo. Y eso a mí me remite de una forma bastante clara al imaginario fascista, de hecho hay alguna alusión  imprevista en el libro: Acababa de terminar la dictadura / y en el colegio lo celebramos destruyéndonos.

Si yo he leído bien, que eso nunca es seguro, el final de una dictadura, de una dictadura fascista no es un final sin más, es un final que genera un eco de destrucción, deja una huella de destrucción. Y yo miro despacio esos versos. El final de una época no es el final, sino que deja una huella destructiva, Santiago López Petit habla de fascismo posmoderno, yo me entiendo mejor con el término de fascismo de baja intensidad, pero para el caso no vamos a discutir en el término. Sí me parece que hay una señal en el libro de un daño, que viene de la historia, que viene de lo colectivo, que no ha terminado y que de hecho se ha cebado con los que estaban en el colegio celebrando su destrucción cuando acabó la dictadura. No sé si me explico, son muchas cosas y yo no soy quien para explicarlas todas. Sí quería poner el dedo ahí, porque esa es la llaga en el sentido puro, literal, donde el libro duele. Insisto no porque sea un libro de poesía social sino que no acepta en ningún momento que lo personal sea una cosa y lo social sea otra.

Hay otra cita: La falta de dinero y la distancia / han acabado con nuestro único amor. /Esa es nuestra generación. La falta de dinero, la distancia, me remiten al aislamiento, a la soledad que viene impuesta, que te regala el mundo en el que estamos. Desde ahí digo que el libro se lee como una especie de herida, como una herida en el vivir, en las ganas de vivir, en el querer vivir. Desde el punto de vista del sujeto, del sujeto de los poemas, yo creo que el sujeto se da cuenta de que no cuenta, pero se da cuenta en directo, en el transcurso de la escritura toma conciencia, abre los ojos y se da cuenta de que está en el aire, de que está a la intemperie. Y en el poema, el cuerpo del poema, es mi impresión, se tensa en esa intemperie, está como alerta en todo momento, está alerta el sujeto y está alerta el poema  a la vez porque no se pueden separar. Lo he distinguido porque se puede encontrar a veces en un poema una voz, una mirada, un sujeto alerta pero dentro de un poema tranquilo o reposado por su forma. En cambio aquí, el sujeto está alerta, está en tensión y la tensión es tan máxima que el poema entra como en un calambre a contagiarse de esa misma tensión.

En ese punto y voy a ir hacia el final de mi intervención, yo creo que se llega a un punto crítico en la lectura. Hay una conciencia constructiva en el libro muy rara de ver, una conciencia constructiva muy avanzada, el libro se podría decir que está muy bien escrito pero justo ahí, en el muy bien escrito, creo que tenemos un punto de tensión. En el sentido de que el libro está planteando sin querer la pregunta de qué pasa con los moldes heredados a la hora de entender la poesía, de escribirla con los esquemas más canónicos: la narratividad, la transparencia, la inteligibilidad, la comprensión, etc. Está todo el rato haciendo esta pregunta, qué pasa con esto. En ese punto es un libro raro, es como que está abriendo una puerta para que entremos en un espacio reconocible, en una forma de escribir bastante potente y reconocida.  Pero al mismo tiempo esa tensión que tiene el poema ahí, deja como la puerta abierta. Creo que es una puerta de entrada que como se queda abierta es una puerta también de salida. Puede ser la puerta de Rimbaud, cuando escribió “Partida”, la hora de salir no sólo de entrar en esos moldes, en esos espacios de comprensión. Y cuando hablo del molde del poema ojalá se entienda que estoy hablando también de cómo el poema vive el mundo. Vale, es la hora de llegar al mundo, hemos llegado a este mundo pero ese es el mismo instante en el que de alguna forma se plantea la necesidad de salir de él, salir en el sentido de Rimbaud, o de Kafka. Salir a un lugar que no sé cuál es, sólo sé que necesito salir porque este mundo es asfixiante, y ya llamarlo mundo es un eufemismo.

Es un libro que está trabajando en ese límite. Recuerdo una frase de Rothko que decía que para cualquier mínimo descubrimiento tenemos que atravesar la distorsión. No tengamos miedo a la distorsión. Si estamos en un fascismo de baja intensidad, fascismo de mercado, pues a lo mejor lo que necesitamos es un nuevo arte degenerado. Aquel que le daba tanto miedo a los nazis en el año 33, o una nueva poesía degenerada. No lo digo del todo en broma. Creo que hay algo ahí pendiente para todos.

Resumiría la lectura que yo hecho, y sobre todo el trabajo que ha hecho Pablo, en la conexión de la poesía con la vida, la poesía con el mundo. Me vino a la cabeza una última frase que es la que este libro ha tenido la suerte de recordarme a mí, una frase de un escritor sueco poco conocido, Stig Dagerman, que decía: Vive con sencillez y no temas a las leyes. Para un libro que está apurando tanto los límites del vivir, del querer vivir, del no poder vivir me parece que es lo único que puedo decir aquí, algo que ya se ha dicho. Lo dijo Stig Dagerman en un ensayo escrito en el 1952, dos años antes de suicidarse, aquel ensayo se llamaba “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”. Yo te diría Pablo que la necesidad de consuelo de tu generación es insaciable y la de la mía también.

Transcripción de Estefanía García