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Artículo en Poesía Digital

 

TAN BELLOS, TAN FRÁGILES, TAN DESNUDOS

Cuando la incertidumbre natural iguala en peso a la suma de expectativas impuestas desde fuera, hemos abandonado la adolescencia. Si la sensación de vértigo no mengua con los cambios biográficos, la biología, por su parte, sólo consigue empeorar las cosas. Sexo y amistad empiezan a ser viejos conocidos, se sobreentienden, se miran las cartas sin disimulo. El verbo saludar parece sacar más pulpa del italiano que del español: salutare, decir hola y también decir adiós. Cabe recomponer la historia reciente, que a menudo es toda la historia. Intuir el final de las grandes decepciones puede suponer la mayor de todas. La madurez es una tentación.

Quisiera que alguien dijera de mí:
Ese joven amó con locura
y un día no volvimos a verlo.

En La educación física, Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) se encarama al extraño altar del joven inquieto que canta en el mismo tono a lo ganado y a lo perdido. El análisis se hace desde dentro y sin pudor, el propio título nos ubica. Por la solapa del volumen sabemos que hasta la fecha el autor se ha dedicado sobre todo al teatro. En 2005 —a los 21— funda junto a Itsao Arana, Celso Giménez y Violeta Gil la compañía teatral La Tristura. Tuve la oportunidad de verlos en acción en 2008, en el teatro Los manantiales de Valencia. Presentaban la obra Años 90. Nacimos para ser estrellas. De aquella representación retuve, sobre todo: una nube de plumas salida de un almohadón, monólogos vagamente existenciales, una magnífica proyección de Béla Tarr, música de Radiohead y Nirvana. Con cierto paternalismo pedante, pensé: cuando Cobain murió estos chicos tenían más o menos 10 años. Y también: ¿Qué escuchaba yo a los diez años, Parchís, Teresa Rabal? Y aun: sólo resulta ajeno a la caducidad subjetiva lo anterior al recuerdo, tan subjetivo siempre. Sobre Años 90, afirman (la entrevista puede leerse aquí)

Años 90 fue un trabajo político sobre la necesidad de amar y separarse, sobre la enfermedad, sobre la infinita capacidad de seguir deseando. Esas eran las bases, nos asentamos en el margen y nos hicimos oír. Intentamos dejar claro que la violencia es la única manera de parar toda esta vergüenza. Fue la primera vez que hicimos lo que queríamos hacer. Lástima que creyeran que sólo era teatro. Tendríamos que haberla presentado en el Congreso de los Diputados“.

Si traigo al dramaturgo para hablar del poeta es porque uno y otro dialogan con familiaridad en La educación física. El libro prescinde de notas a pie, pero la atmósfera recreada en los textos no es ajena a la escueta biografía de la solapa. Cuatro jóvenes que escriben, comparten espacio cotidiano y callejero social, se contaminan musicalmente unos a otros, preparan espagueti al pesto, alternan ducha y dentífrico. Y un objetivo: hacerle el boca a boca al desfallecimiento occidental, fundir ética y estética con el oxígeno de la ambición juvenil.
 
Nos quedamos juntos tantos años
deseando ser la última comunidad,
pensando que podíamos cambiar juntos
la naturaleza humana.

La educación física bebe de esa ambición. El poeta habla en primera persona del singular y del plural indistintamente. La identificación tribal ha sido identidad a secas, y ahora se ve sometida a los vaivenes de la contigüidad y el deseo. Hasta en las mejores familias, las inventadas, las formadas por amigos elegidos, llega el momento de podar ciertos brotes —toda decepción es una expectativa mal enfocada— del árbol genealógico.

El amor no se acaba nunca,
lo que acaba es una forma de entender el tiempo
que compartimos durante años.

En un poemario de 50 piezas —todas ellas sin título, a modo de poema continuo—, leemos 25 veces la palabra juventud. Si introdujéramos el sustantivo amor y las conjugaciones del verbo amar en un hipotético buscador interno, nos saldrían aproximadamente 100 entradas. La voz avanza de frente, enfática, ajustando cuentas con toda la fuerza de la intimidad, reprochando y disculpándose ante un interlocutor discreto, sin nombre:

Nunca habías conocido a nadie como yo
pero qué importa eso ahora
que me conoces más que nadie.

Aserciones no categóricas, interrogaciones no retóricas. Bien mirado, no es fácil de encontrar. El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo, escribe Charles Simic. Los poemas de Pablo Fidalgo paran el reloj en algún momento entre el entusiasmo y la decepción, para escuchar el eco de ambos. Ajeno a salmos posmodernos y corrientes, la sinceridad se postula como la mayor virtud o el mayor defecto; allá cada uno. Los poemas simplemente hablan, escuchan, se equivocan, dan en el clavo a menudo. 

Si conocerse es guardar el secreto durante años
nos hemos conocido.
Si sólo pudieras conocer a una persona más
¿Me elegirías a mí?
Si sólo pudieras conocer un día más
¿Sería este?
Si sólo pudieras vivir una noche más
¿Elegirías dormirte?

Andrés Navarro
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Artículo en La estafeta del viento

 

Aunque aún es pronto y diríase que propio del arte de la cetrería establecer un juicio a propósito de los poetas nacidos desde mediados de los setenta a principios de los ochenta, sí es cierto que empiezan a hacerse comunes ciertas asignaciones que como siempre resultan a la postre reduccionistas, tendenciosas. Pero también hay que admitir que cuando el río suena agua lleva o, mejor dicho, que puede resultar útil conocer lo que se dice de todos para ser capaces de refutarlo o debatirlo para cada uno. Con cierta razón se ha hablado de la conciencia fragmentada de estos poetas y aunque en la voz de Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) ello no vaya asociado a una poesía del fragmento -sino, casi exactamente al revés, a una poesía expansiva de verso y vuelo amplio-, sí es bien tangible una problematización y fragmentación de la realidad convertida en apertura o emboscada de conciencia, en mesetas rotas de espacio y de tiempo. Y es que una de las características que primero llaman la atención de esta Educación física, y libro inaugural del autor, es la transformación que opera sobre una veta lírica más o menos consagrada como es la poesía del deseo. Es muy curioso que aun cuando la palabra cuerpo parece abundar más que en la lírica de Kavafis o Cernuda, a veces casi inconscientemente evocada -Jóvenes del sur, habladme de cómo es la luz / para que cuando llegue pueda ser uno más” (p. 45)-, en este caso lo hace para proponer no sólo una determinada visión del amor, sino, más allá aún, de la propia naturaleza humana, así como para declarar la total deslegitimación de los parámetros espacio temporales.

Nunca en la poesía española la palabra fue menos palabra en el tiempo. Porque parece que no hay nada que reseñar, nada que salvar, que el concepto de tiempo se ha evaporado o volado a la mesa de estudio de un físico, que se ha marchado, igual que se ha marchado el paisaje, dejando para el poema una noción de lo real que atraviesa por pasillos siempre interiorizados y reivindica el cuerpo como lugar, sí, único lugar, frente a la vida, de la que como unidad temporal nada sabemos: “Nuestro proyecto de vida era este instante / y ya pasó” (p. 66). Esto, este vértigo, esta claustrofobia de lugares siempre interiores (alcobas, persiana, suelo, salón, puerta, casa, luces artificiales que en gran medida substituyen o cohabitan con el amanecer) se efectúa dentro de la lógica de un cierto existencialismo, aunque no un existencialismo ortodoxo. Frente a nuestra incapacidad para saber, se reivindica nuestra dignidad, aunque dignidad precaria, como raza,  raza humana: vidas que mantienen su equilibrio en la constancia de otras vidas sin afuera, como si el mero saberse hijo de nuestros padres y en cierta manera también progenitor de ellos, constituyese el único suelo.

No es que se trate una poesía urbana, porque apenas si existe el exterior, apenas si el amanecer es algo que puede verse afuera de una ventana, lejos de ese gloomy stream of conciousness donde los vivos se derraman, más que amarse, sobre otros vivos. Es la caverna humana donde rutilan, sí, el amor y la belleza, pero no tanto como para conseguir imponerse sobre el miedo, sobre la voluntad de poder. A veces parece que estamos cerca de una poesía rayana con lo arcaico, con la fatalidad de los poemas épicos de la antigüedad, aunque, claro, sin épica alguna esta vez: “El amor no se acaba nunca, / lo que acaba es esa forma de quedarse / como si no tuvieras nada más en la vida, / lo que pasa es que hemos sido / nuestros propios profesores y alumnos, / que hemos sido los padres de nuestros padres, / que hemos hecho un trabajo que no era el nuestro / y no podemos más.” (p. 58). O esa maravilla que es el poema “Estaba hecho de tierra y agua” (p. 22), donde la condición del ser ¿puedo decir posmoderno? se retrotrae a las materias de los mitos de la creación, y no precisamente al Popol Vuh, sino a algo aún menos iconoclasta, y también lejano al Dios del Génesis, pues si bien el amor ilumina, lo hace en esa caída, en ese abismo de una existencia, de una durabilidad, quizás de un destino prometido a algo, pero no glorioso, no rilkeano, desde luego: “Mi forma de tocarte te hará caer al suelo / y en el suelo yo estaré esperándote” (p. 71).

No en vano, si he dicho Rilke es porque en la poesía de Pablo Fidalgo cada cuerpo existe en tanto en cuanto es proyectado en otro algo que es casi siempre un cuerpo, alguien; pues parece que para ganar un rostro sólo nos vale el acto de encuentro amoroso, su carácter espectral a veces, su cierto vibrato lleno o radical y desgarradamente vacío de imágenes. Es indudable que la ruptura con la linealidad o la repetición de lugares en donde estamos, casi detenidos, como pinturas rupestres, rubricando el palimpsesto de varias vidas, nos recuerda a recursos propios del cine de un David Lynch, a esa bizarría de elementos inquietantes: “Será bella la luz cuando te abra la puerta / y despertemos” (p. 35) o “Yo me he despertado / en todas las casas de la ciudad, / en todas las habitaciones posibles.” (p. 34).  Sin embargo, estos recursos no redundan aquí en un cierto regusto esteticista como lo harían los fotogramas del genial cineasta norteamericano, ni siquiera se puede identificar una descendencia ni aun indirecta de él, es decir, no se trata de un estilo, no responde, menos aún, a una retórica determinada o por determinar; es que simplemente nuestra realidad hoy, con la introducción de los espacios virtuales, nuestra perversa separación del medio rural y natural, ha convertido lo que vemos en mesetas, nos ha deshilachando y vertido en la casuística de conexiones a priori insospechadas. Y ello tampoco por culpa de un filósofo, tómese el nombre francés que se quiera; acaso ellos lo anunciaron, anunciaron lo que ahora vivimos y es simple e inopinadamente nuestro medio. Y lo que sí está claro es que en La educación física, por más amores y cuerpos en los que nos podamos erguir, este medio es hostil, es enajenante, desemboca en el solipsismo -Mi vida es la única historia de superación / que he comprendido” (p. 24)- o incluso en la sospecha: “Si los actos con los que empecé mi vida / fueron ya una vida / ¿Cómo no voy a ser culpable?” (p. 38).   

Otro lugar que está o que, tal vez, cruza el libro es el del teatro, pero no creo que con la intención de hacer teatro en el teatro y menos todavía con la de redundar en tópicos como el de la vida como sueño. No, seguramente responde a una realidad vital y biográfica, la del propio autor, que a veces se hace remotamente reconocible para acabar cayendo en ese bosque de cuerpos, de naturalezas humanas que tan ineficaz y efímeramente nos recuerdan la capacidad salvadora y sin duda nunca salvífica del amor.

Por último, cabría preguntarse por el lenguaje y la métrica o, tal vez mejor, la deliberada ausencia de metro del libro. Y es muy posible que en este plano, y volviendo al punto inicial, la poesía de Fidalgo no esté lejos de estrategias textuales afines a los de su generación y de una lectura, acaso excesiva o por lo menos muy notable, de poesía traducida, de poesía extranjera. Pero aún así, esa libertad versal y métrica del poema, esa tendencia a la expansividad, aunque pueda originariamente remanecer de cierta dicción anglosajona, declara por las mismas su legitimidad solamente en tanto en cuanto el metro y la eufonía estarían sobrando, incardinarían el lenguaje en una tradición y le darían suelo y patria a los poemas de un cuerpo que se declara rotundamente huérfano. De manera que el deseo de una poesía del deseo se revela finalmente infructuoso y exclama su verdad vertiginosa y triste, la de una humanidad sin referente y, sin embargo, paradójicamente inmersa o propulsada en un movimiento imparable: “Amor, para qué seguir bailando / cuando todas las cosas se han puesto en movimiento” (p. 61).

Juan Andrés García Román

Artículo en la revista Koult

 

LE JEUNE HOMME ET LA MORT

 

Pablo Fidalgo Lareo en su primer libro de poemas La educación física (Pre-Textos, 2010) habla de lo que ha amado, de lo que ha vivido, en lo que ha creído y por lo que ha peleado. Guy Debord escribe en Panegírico: “Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esa luz, se mostrará y se comprenderá”. Y sigue diciendo: Si esto ha salido bien se debe a que nunca he acudido en busca de nadie, a ningún lugar. Mi propio entorno lo han compuesto aquellos que se han acercado por sí mismos y han sabido hacerse aceptar. Desconozco si algún otro se ha atrevido a comportarse en esta época como yo lo he hecho”. 

Pablo Fidalgo toma la palabra en este poema continuo de 88 páginas para que podamos leer y saber que existen todavía vidas plenas fuera de la ley. Da cuenta de sí mismo y de una forma de vida “que sólo tenía que ver con la mirada, /con ser extraños y esperar” en un escenario silencioso hecho de luz, dolor, deseo y pensamiento. En el libro no se prevé que el lector pueda quedarse fuera, el autor no concibe que en su poesía no podamos encontrar, si lo deseamos, un lugar para pensar nuestra propia vida. Lo primero que nos da para pensar son sus palabras. Su lenguaje es claro, construye los poemas de manera firme, sin concesiones de estilo, sin adjetivos, no medita, va directo hacia el programa poético que se ha marcado. Si leemos este libro como un largo poema entenderemos más su naturaleza que está entre la letanía y el Libro Rojo. Hay un reducido número de palabras que va repitiendo: Cuerpo, belleza, juventud, vida, tu vida, mi vida, nuestra vida, amor, amar, amo, debo, deber, luz, día, noche, verdad, dormir, tocar, extraño, distinto, movimiento, prueba, frágil, deseo. La repetición de las palabras es una manera de moverse, de crear el ritmo, pero también una manera de educarse. Si se repiten es porque están grabadas en la mente. No están en el poema porque sean bellas sino porque son armas, son las palabras más sencillas y más difíciles; posiblemente ha defendido su vida con ellas y por eso son a partir de este libro su única herencia.

El deseo de un hombre puede crear una comunidad. Si lo que plantea este libro es que la herencia sólo puede ser el resultado de un trabajo de años con la palabra es porque la palabra ha creado una comunidad de cuerpos, una forma de vivir el deseo. Pablo siente que su deseo mueve el deseo de los otros y mueve también los vínculos entre ellos. Ha comprendido que el deseo es una fuerza que transforma la realidad, que todas las imágenes que un hombre tiene del mundo, del amor, de la infancia, de la juventud deben cambiar con él. Por eso en La educación física el deseo es el centro del poema, es su deseo el que da forma a una comunidad inédita, ambigua, hecha de rostros de mujeres y de hombres, de cuerpos enfermos y bellos. Los cuerpos de esta comunidad son gestos, heridas, mentes, sin distinción, vengan de dónde vengan quedan comprometidos a través de la memoria y la palabra. La educación sentimental a la que Pablo se somete consiste en comprender que el otro es la suma, el resultado de todos los otros, que el amor es una operación de todos los cuerpos y de todos los amores. (“Amé tu cuerpo enfermo /pensando ya en el siguiente”; “Nuestros cuerpos no se entienden /pero ya vendrán otros que se entiendan /y nos recojan”).

Hay una propuesta común entre La educación física y El inventor del amor de Ghérasim Luca. Ninguno de los dos pretende haber descubierto el amor, lo que proponen se trata más bien de la insistente reinvención del deseo. Lo que desencadena el deseo no es sólo la realización individual sino que es también la actualización de la revolución. Ninguno de los dos propone el deseo por el deseo. Luca hace estallar el objeto deseado por una razón mayor, la de convocar a “una mujer no nacida”. Por su parte, Pablo Fidalgo no deja de preguntarse cuántos somos, cuántos vamos a ser, cuántos van a venir a este amor, está estallando los límites, convocando “una comunidad no nacida”. Ghérasim Luca escribe y yo creo que Pablo lo firmaría también que: “Esos cuerpos de mujer que yo mismo dinamito /fragmento y mutilo /debido a mi monstruosa sed /de un monstruoso amor /tienen por fin la libertad de buscar /y de encontrar fuera de sí /lo maravilloso del fondo de su ser /y nada me hará creer /que el amor pueda ser otra cosa /que una entrada mortal /en lo maravilloso /en los peligros lascivos /en sus afrodisíacos subterráneos /caóticos /donde lo nunca encontrado y lo nunca visto /tiene el carácter habitual /de una sorpresa incesante”.

En La educación física es evidente que hay un discurso elaborado sobre la juventud y el amor pero el poema no se detiene ahí sino que continúa hacia algo innombrable que late sin parar: la presencia de la infancia y la muerte. No abundan las referencias claras pero las que están dirigen el poema, lo orientan. Lo que me permite hablar de estos dos extremos es pensar el poema como el mapa de una gran casa. En la primera habitación, la “fría habitación del hijo único”, es donde está el principio y el final de su vida, el hijo, el norte y la madre. Cuando Pablo vuelve a esta habitación lo hace consciente de que, cuanto más se acerca el final de su juventud, es allí donde encuentra su diferencia. Se recuerda a sí mismo: “Siempre continué nuestro proyecto /de ser el niño más bello y más herido /y seguí tocando donde no debía /y no dejé pasar ni una sola oportunidad”. Es la diferencia la que le define y le permite seguir, exponerse de nuevo a la verdad: “Si hablo de mi infancia /¿Dirán que no es verdad? ¿Me pedirán que la demuestre? /Dirán que un hombre con una infancia como la mía /no debería haber tocado tantas cosas /y es verdad”. En estos versos la infancia nunca es un lugar perdido ni tampoco una idealización sino que es un contrato. Vuelve a la primera habitación para recordar el trato que hizo con la vida. Cuando habla de infancia, habla de padres, de educación, él es el hijo que comprendió pronto lo que pasaba en su casa y quién eran sus padres, qué les pasó cuando él nació y qué les siguió pasando después. Ese es el trato. Lo que supo entonces explicar de ellos debe seguir explicándolo ahora con los que vengan.

La muerte es la luz, no tiene ningún lugar asignado en esta casa y está por todas partes. (“Que este no es mi sitio /que quiero ir a la luz”). Aquí en este verso, la luz es un sentido interior, es algo que reconoce como propio, una llamada hacia el lugar que le corresponde. En un momento raro del libro señala ese lugar, señala hacia el Sur y habla a los que lo habitan: “Jóvenes del sur, habladme de cómo es la luz /para que cuando llegue pueda ser uno más”. El Sur es el deseo de ser como los otros, supone el sacrificio de su diferencia que será el encuentro con esa “comunidad no nacida”. La infancia le devuelve su diferencia y el Sur la borra.

La luz es también una condición, una manera de poner a prueba quién eres. Los jóvenes de Pablo pasan su juventud con las luces apagadas esperando que la oscuridad les revele cuál es su deber. (“Es necesario permanecer toda la juventud /con las luces apagadas”). La muerte y esta juventud creada por Pablo definen una manera de estar en el mundo como si el mundo dependiera de nuestra forma de vivir, de un gesto, de una palabra bien dicha, como si el mundo se acabara cada día al despertar  (“será bella luz cuando te abra la puerta /y despertemos”). La muerte, la imagen de la muerte, de la pérdida, del final de un cuerpo, de una relación y de una vida. Eso es lo que Pablo Fidalgo ensaya en sus versos. Hace que el tiempo, que el paso del día a la noche, que los cambios de luz le arrebaten todo lo que tiene. Ensaya el final de todo lo que ama.

De Norte a Sur, de la habitación de la infancia a la habitación de la luz de esta gran casa sólo existe un camino de desnudez, espera y perdón. Si el primer poema inaugura el libro con la imagen de una cola de miles de jóvenes que están esperando su cita con el mar, que están deseando un rato de silencio, un momento para lanzar su cuerpo al agua y decir la verdad y en esa imagen de multitud y de silencio ya hay fe y hay deseo. Poco a poco el mar ante el que se encontraban tantos jóvenes se transforma para ser en el último poema una habitación. La habitación de las mujeres locas, el origen de todos los pecados. El que queda en esa última habitación es un hombre solo que pide perdón, un hombre que ya no necesita ser salvado por el mar o por las luces de la carretera. Le basta una habitación para dar a luz un nuevo hombre, para pensar en el hijo futuro. “Aquí /en la habitación, el dormitorio. Diciendo Fui valiente, resistí, /me prendí fuego” Estos versos pertenecen al libro Las siete edades de Louise Glück que acaba de publicar Pre-Textos. Los cito porque este libro y el de Pablo Fidalgo están increíblemente hermanados, la estructura de los poemas, de algunos poemas, es muy parecida, el aliento a veces suena igual. Además estos versos me parece que exponen la idea de que tenemos que elegir una vida, un lugar desde el que hablar y una habitación puede ser ese lugar. Creo que tanto en Pablo Fidalgo como en estos versos de Glück, la habitación es un lugar fuera de lugar, es un espacio abierto de pensamiento y resistencia.

La educación física duele. Duele la batalla desesperada con las palabras y ese es el dolor que sostiene y eleva su obra. La vida y la literatura están persiguiéndose una a otra en cada verso. (“Ya sabía antes de empezar cuánto dolor causan las palabras bien dichas”). Y no se sabe cuánto tiempo durará la batalla (“¿Durante cuánto tiempo serás /aceptado en el mundo?”). Sabemos que la literatura a veces nos hace más bellos, a veces nos libera, nos da un lugar, inventa cosas sobre nosotros y por eso la amamos. Pero la literatura nos condena a una historia, incluso a una belleza, a una manera de sentir y de movernos. Pablo sabe que nadie puede decirle que miente. Ni tampoco que dice toda la verdad. Edouard Levé en Autorretrato dijo: “todo lo que escribo es verdad, pero ¿qué más da?” Pues eso, ¿qué más da si el mundo no te acepta? Pablo no quiso dialogar con la realidad, sino dialogar con todas las cosas reales imposibles de comprender. (“Quisiste que la noche siguiera /allí donde no podías explicarla /ni explicarte”).

Lo que se confiesa es el misterio, lo que nos avergüenza. Pablo confiesa que no conoce si no toca, si no se ensucia, si no nos grita. En cada poema desea con desesperación seguir tocando lo que nunca ha conseguido ver. Esa es la invención. Que la imagen del hijo, del amor, de la piedad se rompan contra la vida. Esa es la educación. Cada vez que avanzamos el camino oscuro del libro vamos dejando más cosas atrás, nos van sobrando. Un hombre es lo que ha visto y lo que ha tocado. Es necesario ver porque ver nos da la imagen pero tocar la destruye. Ese es el movimiento. La escritura de Pablo ve y toca con profundidad todo lo que puede y de esta manera transforma el mundo y transforma su pensamiento. Esa es la ética. Hablar de cuerpos que no descansan, que trabajan fuera de la ley, fuera de lo que programa cada siglo, seres que no dejan de preguntarse: ¿Dónde está la revolución?

La historia de vida que se refleja en este primer libro es una historia obsesiva y fatal que hace que la literatura necesite un comportamiento cercano a lo enfermizo, a lo adolescente y a lo patético para acercarse a ella, para acercarse a su  propia naturaleza. En las tres últimas páginas declara la gran fractura, la desconfianza en las palabras (“las palabras no son el mejor lugar /para defender todo lo que has hecho”) y el poema revienta. Porque llega el final de la juventud, porque aparece algo: la unión con la “enferma”, el único cuerpo que es toda la belleza y la piedad, que es la bandera, el bastión, la persistencia, el milagro. (“No hay palabras /para nombrar nuestra unión en esta época, /pero hay actos que distinguen una vida, /que la nombran y la encajan”). Porque su acto final en esta educación es confesar que mientras la mente se resistía el cuerpo ya estaba diciendo la verdad; nosotros comprendemos que ningún acto dice su última palabra pero que en cualquiera de ellos debemos arriesgar la vida.

¿Oís al leerlo lo mismo que yo?

Mi tierra es esta. Estos cuerpos, estas palabras, esta forma de amar. Esta distorsión. Esta claridad. Mi tierra también está en vuestras mentes, abridlas.

Colectivo G.Piqué