Artículo en Poesía Digital

 

TAN BELLOS, TAN FRÁGILES, TAN DESNUDOS

Cuando la incertidumbre natural iguala en peso a la suma de expectativas impuestas desde fuera, hemos abandonado la adolescencia. Si la sensación de vértigo no mengua con los cambios biográficos, la biología, por su parte, sólo consigue empeorar las cosas. Sexo y amistad empiezan a ser viejos conocidos, se sobreentienden, se miran las cartas sin disimulo. El verbo saludar parece sacar más pulpa del italiano que del español: salutare, decir hola y también decir adiós. Cabe recomponer la historia reciente, que a menudo es toda la historia. Intuir el final de las grandes decepciones puede suponer la mayor de todas. La madurez es una tentación.

Quisiera que alguien dijera de mí:
Ese joven amó con locura
y un día no volvimos a verlo.

En La educación física, Pablo Fidalgo Lareo (Vigo, 1984) se encarama al extraño altar del joven inquieto que canta en el mismo tono a lo ganado y a lo perdido. El análisis se hace desde dentro y sin pudor, el propio título nos ubica. Por la solapa del volumen sabemos que hasta la fecha el autor se ha dedicado sobre todo al teatro. En 2005 —a los 21— funda junto a Itsao Arana, Celso Giménez y Violeta Gil la compañía teatral La Tristura. Tuve la oportunidad de verlos en acción en 2008, en el teatro Los manantiales de Valencia. Presentaban la obra Años 90. Nacimos para ser estrellas. De aquella representación retuve, sobre todo: una nube de plumas salida de un almohadón, monólogos vagamente existenciales, una magnífica proyección de Béla Tarr, música de Radiohead y Nirvana. Con cierto paternalismo pedante, pensé: cuando Cobain murió estos chicos tenían más o menos 10 años. Y también: ¿Qué escuchaba yo a los diez años, Parchís, Teresa Rabal? Y aun: sólo resulta ajeno a la caducidad subjetiva lo anterior al recuerdo, tan subjetivo siempre. Sobre Años 90, afirman (la entrevista puede leerse aquí)

Años 90 fue un trabajo político sobre la necesidad de amar y separarse, sobre la enfermedad, sobre la infinita capacidad de seguir deseando. Esas eran las bases, nos asentamos en el margen y nos hicimos oír. Intentamos dejar claro que la violencia es la única manera de parar toda esta vergüenza. Fue la primera vez que hicimos lo que queríamos hacer. Lástima que creyeran que sólo era teatro. Tendríamos que haberla presentado en el Congreso de los Diputados“.

Si traigo al dramaturgo para hablar del poeta es porque uno y otro dialogan con familiaridad en La educación física. El libro prescinde de notas a pie, pero la atmósfera recreada en los textos no es ajena a la escueta biografía de la solapa. Cuatro jóvenes que escriben, comparten espacio cotidiano y callejero social, se contaminan musicalmente unos a otros, preparan espagueti al pesto, alternan ducha y dentífrico. Y un objetivo: hacerle el boca a boca al desfallecimiento occidental, fundir ética y estética con el oxígeno de la ambición juvenil.
 
Nos quedamos juntos tantos años
deseando ser la última comunidad,
pensando que podíamos cambiar juntos
la naturaleza humana.

La educación física bebe de esa ambición. El poeta habla en primera persona del singular y del plural indistintamente. La identificación tribal ha sido identidad a secas, y ahora se ve sometida a los vaivenes de la contigüidad y el deseo. Hasta en las mejores familias, las inventadas, las formadas por amigos elegidos, llega el momento de podar ciertos brotes —toda decepción es una expectativa mal enfocada— del árbol genealógico.

El amor no se acaba nunca,
lo que acaba es una forma de entender el tiempo
que compartimos durante años.

En un poemario de 50 piezas —todas ellas sin título, a modo de poema continuo—, leemos 25 veces la palabra juventud. Si introdujéramos el sustantivo amor y las conjugaciones del verbo amar en un hipotético buscador interno, nos saldrían aproximadamente 100 entradas. La voz avanza de frente, enfática, ajustando cuentas con toda la fuerza de la intimidad, reprochando y disculpándose ante un interlocutor discreto, sin nombre:

Nunca habías conocido a nadie como yo
pero qué importa eso ahora
que me conoces más que nadie.

Aserciones no categóricas, interrogaciones no retóricas. Bien mirado, no es fácil de encontrar. El anhelo secreto de la poesía es detener el tiempo, escribe Charles Simic. Los poemas de Pablo Fidalgo paran el reloj en algún momento entre el entusiasmo y la decepción, para escuchar el eco de ambos. Ajeno a salmos posmodernos y corrientes, la sinceridad se postula como la mayor virtud o el mayor defecto; allá cada uno. Los poemas simplemente hablan, escuchan, se equivocan, dan en el clavo a menudo. 

Si conocerse es guardar el secreto durante años
nos hemos conocido.
Si sólo pudieras conocer a una persona más
¿Me elegirías a mí?
Si sólo pudieras conocer un día más
¿Sería este?
Si sólo pudieras vivir una noche más
¿Elegirías dormirte?

Andrés Navarro
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