Artículo en la revista Koult

 

LE JEUNE HOMME ET LA MORT

 

Pablo Fidalgo Lareo en su primer libro de poemas La educación física (Pre-Textos, 2010) habla de lo que ha amado, de lo que ha vivido, en lo que ha creído y por lo que ha peleado. Guy Debord escribe en Panegírico: “Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esa luz, se mostrará y se comprenderá”. Y sigue diciendo: Si esto ha salido bien se debe a que nunca he acudido en busca de nadie, a ningún lugar. Mi propio entorno lo han compuesto aquellos que se han acercado por sí mismos y han sabido hacerse aceptar. Desconozco si algún otro se ha atrevido a comportarse en esta época como yo lo he hecho”. 

Pablo Fidalgo toma la palabra en este poema continuo de 88 páginas para que podamos leer y saber que existen todavía vidas plenas fuera de la ley. Da cuenta de sí mismo y de una forma de vida “que sólo tenía que ver con la mirada, /con ser extraños y esperar” en un escenario silencioso hecho de luz, dolor, deseo y pensamiento. En el libro no se prevé que el lector pueda quedarse fuera, el autor no concibe que en su poesía no podamos encontrar, si lo deseamos, un lugar para pensar nuestra propia vida. Lo primero que nos da para pensar son sus palabras. Su lenguaje es claro, construye los poemas de manera firme, sin concesiones de estilo, sin adjetivos, no medita, va directo hacia el programa poético que se ha marcado. Si leemos este libro como un largo poema entenderemos más su naturaleza que está entre la letanía y el Libro Rojo. Hay un reducido número de palabras que va repitiendo: Cuerpo, belleza, juventud, vida, tu vida, mi vida, nuestra vida, amor, amar, amo, debo, deber, luz, día, noche, verdad, dormir, tocar, extraño, distinto, movimiento, prueba, frágil, deseo. La repetición de las palabras es una manera de moverse, de crear el ritmo, pero también una manera de educarse. Si se repiten es porque están grabadas en la mente. No están en el poema porque sean bellas sino porque son armas, son las palabras más sencillas y más difíciles; posiblemente ha defendido su vida con ellas y por eso son a partir de este libro su única herencia.

El deseo de un hombre puede crear una comunidad. Si lo que plantea este libro es que la herencia sólo puede ser el resultado de un trabajo de años con la palabra es porque la palabra ha creado una comunidad de cuerpos, una forma de vivir el deseo. Pablo siente que su deseo mueve el deseo de los otros y mueve también los vínculos entre ellos. Ha comprendido que el deseo es una fuerza que transforma la realidad, que todas las imágenes que un hombre tiene del mundo, del amor, de la infancia, de la juventud deben cambiar con él. Por eso en La educación física el deseo es el centro del poema, es su deseo el que da forma a una comunidad inédita, ambigua, hecha de rostros de mujeres y de hombres, de cuerpos enfermos y bellos. Los cuerpos de esta comunidad son gestos, heridas, mentes, sin distinción, vengan de dónde vengan quedan comprometidos a través de la memoria y la palabra. La educación sentimental a la que Pablo se somete consiste en comprender que el otro es la suma, el resultado de todos los otros, que el amor es una operación de todos los cuerpos y de todos los amores. (“Amé tu cuerpo enfermo /pensando ya en el siguiente”; “Nuestros cuerpos no se entienden /pero ya vendrán otros que se entiendan /y nos recojan”).

Hay una propuesta común entre La educación física y El inventor del amor de Ghérasim Luca. Ninguno de los dos pretende haber descubierto el amor, lo que proponen se trata más bien de la insistente reinvención del deseo. Lo que desencadena el deseo no es sólo la realización individual sino que es también la actualización de la revolución. Ninguno de los dos propone el deseo por el deseo. Luca hace estallar el objeto deseado por una razón mayor, la de convocar a “una mujer no nacida”. Por su parte, Pablo Fidalgo no deja de preguntarse cuántos somos, cuántos vamos a ser, cuántos van a venir a este amor, está estallando los límites, convocando “una comunidad no nacida”. Ghérasim Luca escribe y yo creo que Pablo lo firmaría también que: “Esos cuerpos de mujer que yo mismo dinamito /fragmento y mutilo /debido a mi monstruosa sed /de un monstruoso amor /tienen por fin la libertad de buscar /y de encontrar fuera de sí /lo maravilloso del fondo de su ser /y nada me hará creer /que el amor pueda ser otra cosa /que una entrada mortal /en lo maravilloso /en los peligros lascivos /en sus afrodisíacos subterráneos /caóticos /donde lo nunca encontrado y lo nunca visto /tiene el carácter habitual /de una sorpresa incesante”.

En La educación física es evidente que hay un discurso elaborado sobre la juventud y el amor pero el poema no se detiene ahí sino que continúa hacia algo innombrable que late sin parar: la presencia de la infancia y la muerte. No abundan las referencias claras pero las que están dirigen el poema, lo orientan. Lo que me permite hablar de estos dos extremos es pensar el poema como el mapa de una gran casa. En la primera habitación, la “fría habitación del hijo único”, es donde está el principio y el final de su vida, el hijo, el norte y la madre. Cuando Pablo vuelve a esta habitación lo hace consciente de que, cuanto más se acerca el final de su juventud, es allí donde encuentra su diferencia. Se recuerda a sí mismo: “Siempre continué nuestro proyecto /de ser el niño más bello y más herido /y seguí tocando donde no debía /y no dejé pasar ni una sola oportunidad”. Es la diferencia la que le define y le permite seguir, exponerse de nuevo a la verdad: “Si hablo de mi infancia /¿Dirán que no es verdad? ¿Me pedirán que la demuestre? /Dirán que un hombre con una infancia como la mía /no debería haber tocado tantas cosas /y es verdad”. En estos versos la infancia nunca es un lugar perdido ni tampoco una idealización sino que es un contrato. Vuelve a la primera habitación para recordar el trato que hizo con la vida. Cuando habla de infancia, habla de padres, de educación, él es el hijo que comprendió pronto lo que pasaba en su casa y quién eran sus padres, qué les pasó cuando él nació y qué les siguió pasando después. Ese es el trato. Lo que supo entonces explicar de ellos debe seguir explicándolo ahora con los que vengan.

La muerte es la luz, no tiene ningún lugar asignado en esta casa y está por todas partes. (“Que este no es mi sitio /que quiero ir a la luz”). Aquí en este verso, la luz es un sentido interior, es algo que reconoce como propio, una llamada hacia el lugar que le corresponde. En un momento raro del libro señala ese lugar, señala hacia el Sur y habla a los que lo habitan: “Jóvenes del sur, habladme de cómo es la luz /para que cuando llegue pueda ser uno más”. El Sur es el deseo de ser como los otros, supone el sacrificio de su diferencia que será el encuentro con esa “comunidad no nacida”. La infancia le devuelve su diferencia y el Sur la borra.

La luz es también una condición, una manera de poner a prueba quién eres. Los jóvenes de Pablo pasan su juventud con las luces apagadas esperando que la oscuridad les revele cuál es su deber. (“Es necesario permanecer toda la juventud /con las luces apagadas”). La muerte y esta juventud creada por Pablo definen una manera de estar en el mundo como si el mundo dependiera de nuestra forma de vivir, de un gesto, de una palabra bien dicha, como si el mundo se acabara cada día al despertar  (“será bella luz cuando te abra la puerta /y despertemos”). La muerte, la imagen de la muerte, de la pérdida, del final de un cuerpo, de una relación y de una vida. Eso es lo que Pablo Fidalgo ensaya en sus versos. Hace que el tiempo, que el paso del día a la noche, que los cambios de luz le arrebaten todo lo que tiene. Ensaya el final de todo lo que ama.

De Norte a Sur, de la habitación de la infancia a la habitación de la luz de esta gran casa sólo existe un camino de desnudez, espera y perdón. Si el primer poema inaugura el libro con la imagen de una cola de miles de jóvenes que están esperando su cita con el mar, que están deseando un rato de silencio, un momento para lanzar su cuerpo al agua y decir la verdad y en esa imagen de multitud y de silencio ya hay fe y hay deseo. Poco a poco el mar ante el que se encontraban tantos jóvenes se transforma para ser en el último poema una habitación. La habitación de las mujeres locas, el origen de todos los pecados. El que queda en esa última habitación es un hombre solo que pide perdón, un hombre que ya no necesita ser salvado por el mar o por las luces de la carretera. Le basta una habitación para dar a luz un nuevo hombre, para pensar en el hijo futuro. “Aquí /en la habitación, el dormitorio. Diciendo Fui valiente, resistí, /me prendí fuego” Estos versos pertenecen al libro Las siete edades de Louise Glück que acaba de publicar Pre-Textos. Los cito porque este libro y el de Pablo Fidalgo están increíblemente hermanados, la estructura de los poemas, de algunos poemas, es muy parecida, el aliento a veces suena igual. Además estos versos me parece que exponen la idea de que tenemos que elegir una vida, un lugar desde el que hablar y una habitación puede ser ese lugar. Creo que tanto en Pablo Fidalgo como en estos versos de Glück, la habitación es un lugar fuera de lugar, es un espacio abierto de pensamiento y resistencia.

La educación física duele. Duele la batalla desesperada con las palabras y ese es el dolor que sostiene y eleva su obra. La vida y la literatura están persiguiéndose una a otra en cada verso. (“Ya sabía antes de empezar cuánto dolor causan las palabras bien dichas”). Y no se sabe cuánto tiempo durará la batalla (“¿Durante cuánto tiempo serás /aceptado en el mundo?”). Sabemos que la literatura a veces nos hace más bellos, a veces nos libera, nos da un lugar, inventa cosas sobre nosotros y por eso la amamos. Pero la literatura nos condena a una historia, incluso a una belleza, a una manera de sentir y de movernos. Pablo sabe que nadie puede decirle que miente. Ni tampoco que dice toda la verdad. Edouard Levé en Autorretrato dijo: “todo lo que escribo es verdad, pero ¿qué más da?” Pues eso, ¿qué más da si el mundo no te acepta? Pablo no quiso dialogar con la realidad, sino dialogar con todas las cosas reales imposibles de comprender. (“Quisiste que la noche siguiera /allí donde no podías explicarla /ni explicarte”).

Lo que se confiesa es el misterio, lo que nos avergüenza. Pablo confiesa que no conoce si no toca, si no se ensucia, si no nos grita. En cada poema desea con desesperación seguir tocando lo que nunca ha conseguido ver. Esa es la invención. Que la imagen del hijo, del amor, de la piedad se rompan contra la vida. Esa es la educación. Cada vez que avanzamos el camino oscuro del libro vamos dejando más cosas atrás, nos van sobrando. Un hombre es lo que ha visto y lo que ha tocado. Es necesario ver porque ver nos da la imagen pero tocar la destruye. Ese es el movimiento. La escritura de Pablo ve y toca con profundidad todo lo que puede y de esta manera transforma el mundo y transforma su pensamiento. Esa es la ética. Hablar de cuerpos que no descansan, que trabajan fuera de la ley, fuera de lo que programa cada siglo, seres que no dejan de preguntarse: ¿Dónde está la revolución?

La historia de vida que se refleja en este primer libro es una historia obsesiva y fatal que hace que la literatura necesite un comportamiento cercano a lo enfermizo, a lo adolescente y a lo patético para acercarse a ella, para acercarse a su  propia naturaleza. En las tres últimas páginas declara la gran fractura, la desconfianza en las palabras (“las palabras no son el mejor lugar /para defender todo lo que has hecho”) y el poema revienta. Porque llega el final de la juventud, porque aparece algo: la unión con la “enferma”, el único cuerpo que es toda la belleza y la piedad, que es la bandera, el bastión, la persistencia, el milagro. (“No hay palabras /para nombrar nuestra unión en esta época, /pero hay actos que distinguen una vida, /que la nombran y la encajan”). Porque su acto final en esta educación es confesar que mientras la mente se resistía el cuerpo ya estaba diciendo la verdad; nosotros comprendemos que ningún acto dice su última palabra pero que en cualquiera de ellos debemos arriesgar la vida.

¿Oís al leerlo lo mismo que yo?

Mi tierra es esta. Estos cuerpos, estas palabras, esta forma de amar. Esta distorsión. Esta claridad. Mi tierra también está en vuestras mentes, abridlas.

Colectivo G.Piqué

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