Presentación de Alberto Ruíz de Samaniego. 21 de enero 2011. Fundación Seoane. A Coruña.

 

La educación física de Pablo Fidalgo es, ciertamente, algo muy físico, y la presencia del cuerpo como algo casi sagrado así lo revela, en este libro. El cuerpo – incluso más el cuerpo propio que el ajeno-  como una manifestación o una revelación que hay que asumir y – nunca mejor dicho- metabolizar y tratar, investigar, sorprender, cuidar: curar, como se dice de un curador de exposiciones, justamente; porque esos materiales – que vienen como de otro mundo, que son oscuros e inéditos, incógnitos en su presencia solar y juvenil- son muy valiosos y frágiles (“nos elegimos como la más frágil / entre todas las cosas frágiles”); son trascendentes en su radical y terca inmanencia: son, en definitiva, sagrados, algo sagrado. Pero esta corporalidad, esta dimensión tan física de uno o de la vida, requiere, también, una pedagogía; la procura e incluso la exige o, aun mejor: promueve una pedagogía, construye o constituye para cada uno una forma de crecimiento y una poderosísima educación, y digo esta palabra incluso en su sentido etimológico: e-ducare como una forma de conducirse uno, de dirigir uno su destino. También, cómo no, pensamos en esta fuerte presencia de la corporalidad humana como un extraordinario material pedagógico, en particular del sexo como transmisor de experiencias. Pienso que aquí se habla, en este sentido, generacionalmente, de ahí la necesidad, la exigencia – aun más- de usar nombres distintos a los de los padres- o aún más preciso: aquí se habla comunitariamente: se habla de la posibilidad efectiva de fundir – problemáticamente- erotismo y amistad. Pues el cuerpo es siempre, y antes que nada, un lugar, que se llena o se vacía, que se habita o abandona. Cuerpo, por tanto, como lugar – lugar para trabajar y educarse al mismo tiempo: esto es, precisamente, lo que hace el tiempo de una generación, compartir estos actos y estos cuerpos-; cuerpo, en fin, como espacio colectivo: comunidad, comunidad de los cuerpos (Pasolini hubiera dicho en este momento: comunismo de los cuerpos). Comunidad que exige su momento, su kairós, su instante para entrar y para marchar. Por tanto, además: la hierosemia del cuerpo – esa enigmática manifestación de la palabra que él promueve y alimenta- ha de volverse, también, para bien y para mal, erosemia: carne del lenguaje: oscura erofanía que no plantea más que interrogantes y caminos sin respuesta:“yo conseguí ver cuerpos / donde los demás veían soluciones”.

            En este sentido, creo que La educación física funciona un poco al modo de los antiguos ejercicios espirituales que practicaban los pensadores clásicos, y que tanto interesaron, por ejemplo, a María Zambrano, y hoy en día a Pierre Hadot. Cada poema establece una situación comunicativa iremplazable, única, singular y radical del autor consigo mismo, que ahora se confiesa o se explica ante sí mismo en función de un tiempo y una circunstancia realmente inmediata, inexcusable: viene con uno, es uno y él mismo y, en cierta manera, también otro, otra cosa, tal vez la carne, la gloria fasta o nefasta de la carne. Se observa, en este sentido, la urgencia, el requerimiento verdaderamente despiadado, premioso, por consumir la vida del joven poeta. Y el escándalo que es una vida, la de todos, claro, que se pierde, que se va perdiendo en el intento. Escándalo de una intimidad que desea, al modo de los viejos pensadores clásicos, mantenerse en su kairós, en su instante perfecto, ese momento de belleza que es el único que merece la pena detener, en su punto milagroso de culminación; y no lo logra, como todos. “Todo lo que resplandece en un instante quiere algo de ti” – escribe Pablo- , y al modo del famoso poema rilkeano que contempla la perfección prometida y arruinada de un torso griego, se convierte en una exigencia brutal de transformación de uno mismo, una metanoia, diríamos, que arrasa y quema: “tu vida tiene que cambiar ahora”, donde me interesa especialmente esa premura – tan infantil, tan adolescente, tan urgente- del ahora. Porque no se espera nada más, o nada menos, que un cuerpo, un cuerpo siempre “difícil de acabar”, en la medida en que uno parece siempre estar hecho “demasiado deprisa”.

            “Cuando se darán cuenta / de todas las cosas que tienes que hacer y que no pueden esperar?” Todo es urgencia, efectivamente, en el yo poético de La educación física, como si no hubiese tiempo que apurar, como si faltase el aliento. “Si tu amor es ir paso a paso / es que nunca has dado un paso”.  Hay algo apocalíptico – casi podríamos decir darwiniano- en esta conminación a la muda, o a pasar al acto, en ser la última generación, la última comunidad de los elegidos y escandalizados que habrán por ello de cambiar la naturaleza humana. Huellas de la rebeldía, el desprecio y la impaciencia de Rimbaud, el niño exigente y bello: “siempre continué nuestro proyecto / de ser el niño más bello y más herido, / y seguí tocando donde no debía / y no dejé pasar ni una sola oportunidad”. La juventud es una carrera, que va dejando sus cuerpos muertos, sus arruinados: “en el juego de nuestra juventud / el que antes se duerme / lo pierde todo”. Pero, a pesar de todo, unos alcanzan esa plenitud soñada y trabajada, en medio de la precariedad y la prisa: “Unos tienen un solo día para encontrar la belleza / y la encuentran”. Tal vez estos no necesiten la escritura, no tengan por qué estar volcados en la poesía. Ese trabajo de los desesperados, el aprendizaje de la impiedad para con uno mismo. La vida.

            Hay un poema famoso de Pasolini, alguien que, estimo, se halla cerca del territorio poético de Pablo, que se titula Una disperata vitalità. Esta podría ser la cifra para entender estos poemas; pero, eso sí, entendiendo la frase al mismo tiempo como vitalidad desesperada y como vitalidad sin espera. Vitalidad desesperada; vitalidad sin espera de los destinados – como todos- a amar, o a no amar. Pablo la revela con una intensidad, con una precisión, también, y una lucidez que la vuelven ejemplar, yo diría que desde el punto de vista generacional: ejemplar en el modo de una juventud presente, unos que pasan, hacen sus gestos o sus posturas y se van, como en el teatro. “El teatro solamente me sirvió / para saber cómo quiero vivir /  cuando la juventud acabe,  / para saber exactamente cómo quiero ser amado / cuando despierte”. El teatro como ideal regulativo. El teatro, él también, es una preparación, un ejercicio del cuerpo y el espíritu: una pedagogía

            María Zambrano llamaba a la confesión “palabra a viva voz”. La confesión – continúa- “es salida de sí en huida. Y el que sale de sí lo hace por no aceptar lo que es, la vida tal y como se le ha dado, el que se ha encontrado que es y que no acepta. Amarga dualidad entre algo que en nosotros mira y decide, y otro, otro que llevando nuestro nombre es sentido extraño y enemigo”.  En medio de todo este proceso – de aprendizaje, duro, cruel proceso pedagógico- , que es un proceso – como quien dice- judicial al yo y a todos nosotros, desde la inocencia cruel e impía de la juventud- , también, no cabe ninguna consolación. Nada de piedad. Ningún tipo de esa complacencia que, por ejemplo, exige la ficción; tal vez el teatro ocupe este lugar de un doble consolatorio. El teatro – qué extraño, pero qué hermoso- como una salida del sueño doloroso de la juventud. Una entrada o una preparación para la vida real.

            Hablamos de confesión, y podemos mentar, también, lo doloroso, porque, al tiempo que solar y maravillado, cada poema constituye una elaboración – a menudo turbia, acaso por veces terrible- de la experiencia personal: una temporada – ¿en el cielo o en el infierno?- o un lugar por donde gravitan el desgarro, la escisión, la enfermedad, el extrañamiento y hasta la culpa. Porque el cuerpo es, efectivamente, un lugar, pero un lugar que, como decía Spinoza, nadie sabe lo que realmente puede. Porque como tal lugar está antes, o por encima, o por debajo, del espíritu y de la razón. “Nuestros cuerpos soportan la fragilidad / que la mente no puede soportar”. Así pues, nadie sabe lo que puede un cuerpo: “nadie puede saber desde la calle / hasta dónde podemos llegar”. Tan sólo podemos saber, acaso, por medio de la destrucción de cada cuerpo mismo. Porque la destrucción es discursiva, o todavía más y peor: es elocuente. Sumamente elocuente. Hay en este libro una dicotomía y una compenetración, también, de fondo entre vivir y hablar, o entre des-vivir(se) y hablar, entre la carne y la palabra, el tacto y la voz. En cierto modo, la palabra es engañosa, frente a la apocaliptica seguridad del cuerpo.

            La destrucción, en fin, es el kairós: “Nuestro proyecto de vida era este instante / y ya pasó”. He ahí el aprendizaje.

            Por eso, tal vez, en los poemas finales del libro, asomen, extrañas, innominadas, incógnitas fantasmales, las figuras del hijo. Hijos del hijo que, ahora ya, ahora sí, ha dejado de serlo.

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