Presentación de Antonio Méndez Rubio. 3 de enero 2011. Librería Primado. Valencia.

 

Lo primero que tengo que hacer es felicitar a Pablo Fidalgo por presentar un libro de poesía en los tiempos que corren, en un desierto como este. Alguien podría decir, pero un desierto por qué, se publican muchos libros de poesía. Y ahí tendríamos que entrar en si lo que se publica es poesía o no y eso creo que no es el momento. Felicitarle también por la editorial, es lo primero que le dije, felicidades por publicar con la editorial Pretextos, a todas luces se ve por qué (se refiere a la intervención de Manuel Ramírez sobre el libro). Y en último lugar me felicito a mí y nos felicito a todos porque creo que es un libro de poesía potente. A mí me enganchó en cuanto lo leí, a pesar de que uno siempre tiene sus fijaciones, y de ahí que exista una cierta distancia entre las apuestas que hago yo y las apuestas que hace Pablo, pero eso me parece sano. Lo que sí me pareció es que el libro tenía como un imán, un imán dentro y eso para ser un primer libro es raro, no es lo más normal. Para explicarlo un poco el gancho del libro, para mí, es que desde el principio estaba explotando al máximo, no sé si consciente o inconscientemente, eso creo que tampoco importa mucho, el cruce entre lo personal y lo social. También se podría decir aunque suene un poco incómodo, el cruce entre lo poético y lo político. Por ejemplo, el tema de la juventud es más que un tema, es como un lugar de conflicto, un lugar de desarreglo, de malestar, es un lugar de tensión. Porque en el libro consigue hablar de una forma tan abierta que no es simplemente un tema o un objeto o una referencia sino que como he dicho consigue ponernos en situación, o ponernos en un escenario. No sé si tiene que ver con su trabajo, con el teatro. El poema te hace entrar en un espacio y en ese espacio hay una turbiedad, una tensión que se la juega a ese cruce entre lo personal, lo impersonal, lo colectivo, lo social. Eso me parece también que no es frecuente y hay que subrayarlo.

El libro empieza a funcionar con el título. Es obvio, es un título del que no te puedes olvidar, es como un umbral a través del cual accedes al libro, y está todo el rato resonando, es una especie de pregnancia de lo físico. Se dice pronto, lo físico. El cuerpo parece un tema más pero ya lo he dicho, lo peligroso, lo difícil de la apuesta de Pablo es que lo físico no es un tema solo, sino que es un  espacio, un lugar desde el que se vive y se respira el mundo. Y no me parece fácil, lo fácil es por ejemplo la poesía erótica que habla del cuerpo. Pero una cosa es hablar del cuerpo y otra hablar desde el cuerpo, ese paso se da pocas veces. Me parece que Pablo ha dado un salto al vacío y se la ha jugado y aquí está, parece que ha salido vivo.

“La educación física” tiene un toque para mí siniestro. La educación física. Cuando se está hablando de la quiebra del sujeto, la quiebra de la sociedad, de la quiebra de una época, de una generación, pues la educación física parece que empiece sonando bien. La educación parece que todos queramos tenerla o la hemos tenido pero cuando ya hace el giro de educación física entramos como en un espacio disciplinario, de regulación del comportamiento, de normalización y estandarización del propio cuerpo. Y eso a mí me remite de una forma bastante clara al imaginario fascista, de hecho hay alguna alusión  imprevista en el libro: Acababa de terminar la dictadura / y en el colegio lo celebramos destruyéndonos.

Si yo he leído bien, que eso nunca es seguro, el final de una dictadura, de una dictadura fascista no es un final sin más, es un final que genera un eco de destrucción, deja una huella de destrucción. Y yo miro despacio esos versos. El final de una época no es el final, sino que deja una huella destructiva, Santiago López Petit habla de fascismo posmoderno, yo me entiendo mejor con el término de fascismo de baja intensidad, pero para el caso no vamos a discutir en el término. Sí me parece que hay una señal en el libro de un daño, que viene de la historia, que viene de lo colectivo, que no ha terminado y que de hecho se ha cebado con los que estaban en el colegio celebrando su destrucción cuando acabó la dictadura. No sé si me explico, son muchas cosas y yo no soy quien para explicarlas todas. Sí quería poner el dedo ahí, porque esa es la llaga en el sentido puro, literal, donde el libro duele. Insisto no porque sea un libro de poesía social sino que no acepta en ningún momento que lo personal sea una cosa y lo social sea otra.

Hay otra cita: La falta de dinero y la distancia / han acabado con nuestro único amor. /Esa es nuestra generación. La falta de dinero, la distancia, me remiten al aislamiento, a la soledad que viene impuesta, que te regala el mundo en el que estamos. Desde ahí digo que el libro se lee como una especie de herida, como una herida en el vivir, en las ganas de vivir, en el querer vivir. Desde el punto de vista del sujeto, del sujeto de los poemas, yo creo que el sujeto se da cuenta de que no cuenta, pero se da cuenta en directo, en el transcurso de la escritura toma conciencia, abre los ojos y se da cuenta de que está en el aire, de que está a la intemperie. Y en el poema, el cuerpo del poema, es mi impresión, se tensa en esa intemperie, está como alerta en todo momento, está alerta el sujeto y está alerta el poema  a la vez porque no se pueden separar. Lo he distinguido porque se puede encontrar a veces en un poema una voz, una mirada, un sujeto alerta pero dentro de un poema tranquilo o reposado por su forma. En cambio aquí, el sujeto está alerta, está en tensión y la tensión es tan máxima que el poema entra como en un calambre a contagiarse de esa misma tensión.

En ese punto y voy a ir hacia el final de mi intervención, yo creo que se llega a un punto crítico en la lectura. Hay una conciencia constructiva en el libro muy rara de ver, una conciencia constructiva muy avanzada, el libro se podría decir que está muy bien escrito pero justo ahí, en el muy bien escrito, creo que tenemos un punto de tensión. En el sentido de que el libro está planteando sin querer la pregunta de qué pasa con los moldes heredados a la hora de entender la poesía, de escribirla con los esquemas más canónicos: la narratividad, la transparencia, la inteligibilidad, la comprensión, etc. Está todo el rato haciendo esta pregunta, qué pasa con esto. En ese punto es un libro raro, es como que está abriendo una puerta para que entremos en un espacio reconocible, en una forma de escribir bastante potente y reconocida.  Pero al mismo tiempo esa tensión que tiene el poema ahí, deja como la puerta abierta. Creo que es una puerta de entrada que como se queda abierta es una puerta también de salida. Puede ser la puerta de Rimbaud, cuando escribió “Partida”, la hora de salir no sólo de entrar en esos moldes, en esos espacios de comprensión. Y cuando hablo del molde del poema ojalá se entienda que estoy hablando también de cómo el poema vive el mundo. Vale, es la hora de llegar al mundo, hemos llegado a este mundo pero ese es el mismo instante en el que de alguna forma se plantea la necesidad de salir de él, salir en el sentido de Rimbaud, o de Kafka. Salir a un lugar que no sé cuál es, sólo sé que necesito salir porque este mundo es asfixiante, y ya llamarlo mundo es un eufemismo.

Es un libro que está trabajando en ese límite. Recuerdo una frase de Rothko que decía que para cualquier mínimo descubrimiento tenemos que atravesar la distorsión. No tengamos miedo a la distorsión. Si estamos en un fascismo de baja intensidad, fascismo de mercado, pues a lo mejor lo que necesitamos es un nuevo arte degenerado. Aquel que le daba tanto miedo a los nazis en el año 33, o una nueva poesía degenerada. No lo digo del todo en broma. Creo que hay algo ahí pendiente para todos.

Resumiría la lectura que yo hecho, y sobre todo el trabajo que ha hecho Pablo, en la conexión de la poesía con la vida, la poesía con el mundo. Me vino a la cabeza una última frase que es la que este libro ha tenido la suerte de recordarme a mí, una frase de un escritor sueco poco conocido, Stig Dagerman, que decía: Vive con sencillez y no temas a las leyes. Para un libro que está apurando tanto los límites del vivir, del querer vivir, del no poder vivir me parece que es lo único que puedo decir aquí, algo que ya se ha dicho. Lo dijo Stig Dagerman en un ensayo escrito en el 1952, dos años antes de suicidarse, aquel ensayo se llamaba “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”. Yo te diría Pablo que la necesidad de consuelo de tu generación es insaciable y la de la mía también.

Transcripción de Estefanía García

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